Me convirtió en su sirvienta travesti sumisa
En el baño me esperaba un vestido negro y blanco, ropa interior de mujer y unos tacones. Él solo dijo: desnúdate y vístete. Lo obedecí sin saber en qué me convertiría.
En el baño me esperaba un vestido negro y blanco, ropa interior de mujer y unos tacones. Él solo dijo: desnúdate y vístete. Lo obedecí sin saber en qué me convertiría.
El chulo que me humilló delante de medio gimnasio me escribió desde una app de citas a cincuenta metros de mi casa. Quince minutos después, llamaba al timbre.
Le había contado mi fijación por las chicas trans, pero jamás pensé que aceptaría sentarse en ese sofá a mirar cómo otra mujer me ponía de rodillas.
Cuando abrí los ojos seguía dentro de mí. No supe cuántas horas había dormido, solo que Soledad sonreía como quien sabe que ya no tienes adónde ir.
Cerré la puerta con pestillo y me convertí en otra persona frente al espejo. No conté con que él tuviera una copia de la llave.
Crucé la puerta de aquel apartamento con mi morral lleno de lencería y salí convertida en otra cosa: en la perrita obediente de dos hombres.
La regla era simple: máscara puesta, ni una palabra. Lo que Marcos no sabía era a quién estaba tocando de rodillas en mi salón.
Cuando me miré al espejo del hotel con el rímel corrido y las marcas en el cuello, supe que ninguna mentira iba a bastar cuando llegara a casa.
La falda venía rota, los labios hinchados y olía a un hombre que no era yo. Lo peor no fue verla así: fue lo que me ordenó hacer después.
El mensaje llegó de un número desconocido: triple tarifa por acompañarlo en Nochebuena. Me puse el vestido rojo, los tacones imposibles, y crucé la ciudad sin saber lo que me esperaba.
Esperaba mentiras la noche que lo confronté. No esperaba mojarme imaginándolo de rodillas, transformándose en lo que siempre había querido ser.
Cuando salí del baño con el plug todavía dentro y el cuerpo depilado, supe que aquel día entero le pertenecía a ella y a sus reglas.
Cuando me metieron en esa celda jamás imaginé que dos desconocidas iban a convertirla en el escenario donde aprendí lo que era rendirse al deseo y al placer.
Cuando entré en la cocina ella ya tenía la lasaña en el horno y dos copas servidas. La pegué contra el mármol antes de que pudiera dejar la fuente.
Adrián entró a esa oficina como analista senior y supo, por la sonrisa de la directora, que saldría siendo otra cosa: algo bonito, dócil y sin nombre propio.
Amarrada en su sillón, con el vestido de princesa y la cara pintada, escuché que golpeaban la puerta. Y entendí que esa noche dejaría de ser solo suya.
Octavio caminaba desnudo por el borde de la pileta como si fuera un trofeo, sin sospechar que su esposa y su amiga ya tenían un plan para esa tarde.
Frente a la pantalla, con un trapo entre los dientes para no gritar, obedecí cada orden de un hombre al que nunca le vi la cara. Y volvería a hacerlo.
Apago la lámpara, cierro los ojos y dejo que su voz al otro lado de la pared marque el ritmo de mi mano. Ya no es mía, pero todavía me corro pensando en ella.
Compré ese juguete por puro aburrimiento. Lo que no calculé fue que el encargado del edificio terminaría sosteniéndolo entre sus manos, mirándome a los ojos.