Lo que vi en el auto del amigo de mi esposa esa noche
La llamé al teléfono mientras la veía a través del vidrio, agachada entre las piernas del hombre que acababa de sacar a mi sobrino de la celda.
Historias de pasion prohibida y aventuras secretas
La llamé al teléfono mientras la veía a través del vidrio, agachada entre las piernas del hombre que acababa de sacar a mi sobrino de la celda.
Esa noche, mientras dejaba las bolsas en la entrada, escuché cinco voces hablando del pacto que habían armado conmigo de protagonista, y algo se prendió fuego dentro de mí.
Bajé del coche, levanté el capó y, sin cobertura, solo me quedaba esperar. Cuando vi acercarse el camión, supe que esa tarde no terminaría como debía.
Me senté frente a él, le tomé las manos y empecé a hablar. Sabía que cada palabra me ataba más a él, aunque doliera como una caricia mal puesta.
Necesitaba sacarme a la hija de mi novia de la cabeza. Lo único que tenía a mano era un frasco vacío, una excusa estúpida y la puerta del loft del roof garden.
En la escalera mecánica me pilló mirándole las piernas. En vez de molestarse, me dedicó una sonrisa burlona que iba a cambiar todo lo que pasó después.
Me puse minifalda y tacones ese jueves que tenía la casa para mí sola. Solo iba a coquetear un rato. Eso me dije mientras él cerraba la puerta del cuarto de cámaras detrás de nosotros.
El coche de Roberto dobló la esquina y Valeria ya tenía el teléfono en la mano. Solo necesitaba escribir cuatro palabras para que Diego viniera corriendo.
Rodrigo me seguía con la mirada cada vez que cruzaba el salón. Lo sabía desde hacía meses, y esa tarde decidí que era hora de cobrar una deuda.
Cuando me mandó la foto desde el probador con la lencería puesta, la cerré sin contestar. Ella lo vio. Eso fue lo que empezó todo.
Mi marido disfrutaba que los hombres me devoraran con la mirada. Esa noche, dos de ellos hicieron mucho más que mirar.
La primera noche solo me tocó. La segunda se montó encima sin que yo dijera una palabra. Su marido roncaba a un metro. Elena, casada y madura, me eligió a mí.
Iba vestida para una fiesta y él llevaba años esperando esa oportunidad. Cuando abrí la puerta, el compadre de mi esposo entró detrás y cerró con llave.
Sandra tomó las botellas de vino, me miró y susurró: «Va a hacer falta, créeme». Su sonrisa era la de alguien que ya sabe cómo va a terminar la noche.
Esa noche los tres llevábamos ropa liviana frente al televisor. Yo intentaba disimular lo que me hacían con solo mirarlas.
Llevaba meses pensando en ella, en sus pies, en su boca. La fiesta de Halloween nos dio la noche que los dos buscábamos sin decirlo en voz alta.
Salí corriendo en camisón, sin nada debajo, con el vibrador en la mano. La puerta dio un clic y supe que me había encerrado. En el pasillo ya había alguien.
Siempre entrenaba sola, en silencio, sin mirar a nadie. Él llevaba tres meses mirándome a mí, y lo descubrí cuando ya era demasiado tarde para salir.
Entré a su casa sabiendo exactamente qué iba a pasar. Él estaba en la sala. Ella estaba en otro estado, ajena a todo.
El plan era que ella follara con Valeria y yo lo vería desde casa. Lo que empezó como nuestra fantasía terminó de una forma que ninguno esperaba.