La noche que compartí a mi esposa con mi amigo
Llevaba once años casado con ella y creía conocerla entera. Esa madrugada, con mi mejor amigo todavía en casa, descubrí un lado suyo que jamás imaginé.
Llevaba once años casado con ella y creía conocerla entera. Esa madrugada, con mi mejor amigo todavía en casa, descubrí un lado suyo que jamás imaginé.
Llevábamos años buscando a la mujer indicada para nuestra cama, hasta que la chica de enfrente entró a limpiar la casa y empezó a mirar mis revistas con demasiada curiosidad.
Le dije que sí porque me excitaba más que a ella. Lo que no calculé fue quedarme dormido justo cuando empezaba lo bueno.
Dije que mi cuerpo aguantaba cualquier cosa. Era mentira, pero ya no había forma de echarme atrás delante de los tres.
Llevaba meses imaginándolo en silencio. Esa noche, después de la cena, decidió que ya no quería seguir guardándoselo solo para sus sueños.
Cuando salió de la ducha y se quitó el fular, descubrí que Daniela escondía algo que iba a cambiar por completo nuestro fin de semana en la playa.
Mi marido me pidió que tuviera una aventura por mi cumpleaños. Lo que no esperaba era empezar mirando a otros desde el agua, mordiéndome el labio para no gemir.
Camila y yo aceptamos la invitación sin imaginar que detrás de esa puerta vivía una familia donde todos compartían bastante más que la mesa del comedor.
Aceptamos el piso barato sin leer la letra pequeña. La primera noche ella cerró la puerta del cuarto y me dijo que esa semana yo era su marido.
Bajé a la pista pensando que controlaba la situación. Tres horas después me había convertido en un mero observador de algo que ya no me pertenecía.
Aún tenía el sabor de otro hombre en la boca cuando entendí que esa noche no iba a detenerme, aunque mi hermana estuviera en la habitación de al lado.
Eran las tres de la madrugada, estábamos los cuatro desnudos en el agua caliente, y entonces empezaron a contar lo que de verdad pensaban de nosotras.
«No va a pasar nada, venimos solo a mirar», dijo nerviosa al entrar. Tres horas después yo la miraba a cuatro patas, a un palmo de un desconocido.
Le puse la máscara, di las órdenes y dejé que ella se entregara sin saber quién la tocaba. Lo que vino después superó cualquier fantasía que hubiéramos imaginado.
Le dije que buscaba algo más fuerte que ella, mucho más fuerte. No se escandalizó. Sonrió y me dijo que conocía un sitio donde eso era posible.
Nunca pensé que un mensaje a deshoras terminaría con los cuatro desnudos junto a la piscina, repartiéndonos el placer sin más reglas que el deseo.
Llevábamos meses hablándolo y nunca nos atrevíamos. Hasta que una pareja nos invitó al spa liberal una tarde de mayo, y Sofía cruzó esa puerta antes que yo.
Bruno llegó al almacén con ganas de aprenderlo todo. Lo que ninguno imaginaba era que, dos meses después, su pareja y la mía acabarían en la misma cama redonda.
Se conocían desde la adolescencia y se deseaban en silencio. Cuando ambas se casaron con hombres que las dejaban libres, dejaron de esconderse.
Fui a buscar a mi marido con celos y el hombre con quien bailaba me frenó: «Déjalo, yo le di permiso». No entendí nada hasta que su cuerpo se pegó al mío.