El jacuzzi donde dejamos de ser solo dos parejas
Apagué las luces del jardín con un botón y, cuando el agua caliente quedó como único testigo, desaté el lazo de su bikini delante de la otra pareja.
Apagué las luces del jardín con un botón y, cuando el agua caliente quedó como único testigo, desaté el lazo de su bikini delante de la otra pareja.
Cuando el menor de los breteles de Carla cayó del hombro frente a los dos hombres, supe que esa nochevieja ninguno de nosotros iba a dormir solo.
Cada jueves ella inventaba una excusa torpe y yo fingía creerla. Sabía exactamente a dónde iba, con quién, y lo que harían durante esas tres horas robadas.
Daniela acababa de marcharse y nos quedaban tres noches a solas con Andrés. Mi mujer le puso la mano en el pene sin apartar la vista de mí, esperando un permiso.
Solo queríamos enjuagarnos el salitre. Nadie nos avisó de que en aquel rincón perdido la ropa sobraba y las reglas las ponía el deseo.
Sentado en el sofá, con el whisky en la mano, comprendí que ya no necesitaba participar: me bastaba con mirar cómo otro hacía lo que yo había dejado de hacer.
Cuando salí del coche con la minifalda subida, mi marido me miraba de una forma que nunca le había visto. Esa noche dejé de ser la señora correcta que él creía conocer.
Quería ver a otro hombre dentro de mi novia. Lo que no calculé fue lo que sentiría yo, tumbado en la cama de al lado, mientras ella gemía y no era por mí.
Salí de la ducha con la piel ardiendo y una idea peligrosa: acercarme a esa puerta. No sabía que mi marido ya tenía planeado cada minuto de la noche.
Le dije que entrara sola. Una hora en la barra imaginándola, y cuando por fin abrí la puerta de aquella habitación, lo que vi me dejó sin aire.
Una mano paciente salía de entre las rejas y me acariciaba el vientre sin prisa. Mi marido me soltó un botón de la camisa para abrirle camino.
Abrí los ojos con la cabeza a punto de estallar. A mi lado dormía una mujer que no era solo mi esposa, y yo no recordaba absolutamente nada de cómo había llegado allí.
Su mano bajó hasta mi entrepierna mientras los truenos cubrían lo demás. Para cuando se presentó como Lucía, ya sabía que esa semana en Alicante no iba a ser la que planeé.
Cuando entraron de nuevo, Noa ya venía desnuda y Andrés la sujetaba por detrás. Supe que ninguno de los cinco dormiría solo en su cama esa noche.
Cuando mi marido se levantó al baño, supe que el de la mesa de al lado se acercaría. Todavía no le había dicho que tenía miedo de volver a algo así.
Llevábamos quince años de rutina hasta que un juguete olvidado en un cajón encendió algo que ninguno de los dos sabía controlar. Y solo era el principio.
Mientras mi marido mamaba de mis pechos frente al espejo, yo pensaba en ella y en el cuerpo del hombre con el que cenaríamos esa noche.
«Vas a disfrutar más con mi hombre castrado que con el tuyo entero», me dijo Lucía con una sonrisa que no admitía dudas. Y tenía razón.
Carla nunca quiso compartirme con nadie. Hasta que su hermana se metió en la cama de al lado y la excitación pudo más que cualquier promesa.
Mi mujer le había prestado un juguete con una sola condición. Cuando bajé a la sala, Lorena ya me esperaba desnuda y con prisa: «No hay tiempo que perder».