Mi prima Camila y la ducha que lo cambió todo
Abrí la puerta del baño dispuesto a darme una ducha rápida y allí estaba ella, frente al espejo, con apenas un tanga fucsia y el pelo todavía revuelto por el partido.
Abrí la puerta del baño dispuesto a darme una ducha rápida y allí estaba ella, frente al espejo, con apenas un tanga fucsia y el pelo todavía revuelto por el partido.
Cuando bajé los calzoncillos esa tarde, descubrí que mi pequeño ya no era ningún niño. Tenía los dos brazos enyesados y dependía de mí para todo, absolutamente todo.
Llovía afuera y ella me miraba como nunca antes me había mirado nadie de mi familia. Sabía lo que iba a preguntarme, y sabía que no iba a poder negarme.
Hasta esa noche había sido completamente heterosexual. Bastó una película mal elegida, una almohada improvisada y la respiración de un desconocido en mi nuca.
Abrió la puerta apenas vestido, con esa sonrisa que ya no era la del cliente educado, y entendí desde el primer minuto que aquel aviso no iba a terminar con la junta del desagüe.
Llevaba toda mi vida convencido de algo. Aquella tarde, junto al arroyo, viendo a un compañero salir del agua, entendí que estaba equivocado.
A las once eran solo dos parejas riéndose alrededor de una botella; a las tres de la mañana ya éramos cuatro cuerpos que no sabían a quién pertenecían.
Volvíamos de la playa hacia el camping cuando una chica nos hizo dedo en mitad del camino. No sabía que esa noche iba a descubrir otra cosa.
Pensé que solo lo espiaría un segundo, pero sus jadeos me clavaron al pasillo. Esa noche, cuando volvió borracho del bar, supe que iba a pasar algo irreversible.
Pensé que la lluvia me dejaría sin nada. A veinte metros vi al muchacho moreno junto a la banca, empapado, y entendí que la noche apenas empezaba.
Lo masajeé después de la playa, sin pensar. Sentí su erección bajo el bañador y supe que aquel verano no iba a terminar como los otros.
Subí los cuatro pisos con el corazón disparado. Quería un juguete, pero salí con algo más: la mirada de la chica detrás de los lentes grabada para esa noche.
Mi esposa me susurró al oído que ella también deseaba ese cuerpo joven. Esa noche, en el sofá del salón, todo lo que era prohibido dejó de serlo.
Salí del baño sin ropa y él estaba ahí, en el pasillo, tan desnudo como yo. Nos miramos sin poder movernos. Ese segundo bastó para que todo cambiara.
Llevaba meses aparcando en el fondo, lejos de las cámaras, diciéndose que era solo por comodidad. Su cuerpo sabía la verdad antes que ella.
Fui a devolverle los quinientos pesos que metió en mi carpeta. No esperaba encontrarla llorando, ni quedarme hasta las seis de la mañana.
La noche que vi salir a esa chica del cuarto de la hermana Graciela, debí haber seguido caminando. En cambio, me quedé. Y eso lo cambió todo.
Valeria acababa de conseguir su primer contrato en la industria. Su madre tenía preparada una sorpresa en el motel de siempre, la misma habitación donde todo empezó.
Sus gemidos atravesaban las paredes cada noche. Mi mujer y yo escuchábamos en silencio, sabiendo que algo había cambiado desde que Vera llegó.
La vi aparecer al fondo de la calle y ya supe que esa noche no sería como las otras. Ella no había venido a charlar.