La primera vez que una mujer madura me eligió
Cuando me dijo que la atraía, no me lo creí. Luego llegó el mensaje con el nombre del hotel y la hora exacta. Supe que todo era real.
Cuando me dijo que la atraía, no me lo creí. Luego llegó el mensaje con el nombre del hotel y la hora exacta. Supe que todo era real.
Cuando ayudamos a Rodrigo a acostarse y Andrés se quedó detrás de mí, supe que aquella noche no iba a terminar como debía.
La encontré bailando con un desconocido cuando debía estar con sus amigas. La seguí, me escondí, y lo que vi detrás de esa cortina lo cambió todo.
Entré en su habitación y lo encontré con los ojos llorosos. Iba a cancelar la visita de su novia por miedo a su primera vez. No pude dejarlo así.
Cuando cerró el pestillo y se colocó detrás de mí, supe que aquella revisión de notas no iba a terminar como esperaba.
Bajé a buscar agua y la encontré inclinada sobre la mesa, esperando. Llevaba semanas diciéndome que no, y esa noche decidió que sí.
Era su primera vez con un hombre, pero cuando Rodrigo le preguntó si lo quería hacer, no supo decir que no.
La llevé al médico porque nadie más pudo. En mi casa descubrió algo que su novio nunca le había dado y, cuando lo sintió, quiso mucho más.
Con los ojos cerrados construyó cada detalle: las manos de alguien, sus labios, el peso de otro cuerpo sobre el suyo. Todavía no lo había vivido, pero ya lo necesitaba.
Instaló el escritorio enfrente a propósito, para poder mirarla sin excusa. Cuando el despacho quedó vacío, ninguno de los dos fingió que solo era trabajo.
Mi novio no apareció en la posada navideña. En cambio, su padrino —mi vecino de enfrente— me ofreció un trago, y esa copa de más lo cambió todo.
Caminaba sola bajo la lluvia con ropa pegada al cuerpo cuando él me vio desde la obra. Ninguno de los dos dijo mucho. No hizo falta.
Llevábamos semanas esquivando lo que los dos sabíamos que iba a pasar. Esa noche, cuando la escuché bajar las escaleras, ya no pude seguir fingiendo.
La encontré en el patio mirándome con los ojos abiertos. Llevaba su tanga y su minifalda negra. No gritó. Solo sonrió y dijo que siempre quiso tener una hermanita.
Me susurró al oído que esa noche era solo para chicas. Debería haberme ido. En cambio, algo en mí decidió quedarse.
En cuanto los últimos compañeros se fueron, ella subió al piso de arriba. Se quitó la falda primero. Luego la camisa. Luego todo lo demás.
Valeria cerró el pestillo de la puerta y se giró hacia el entrenador con una sonrisa. Las demás se quedaron inmóviles. Nadie hizo nada para detenerlo.
Me desperté con el cuerpo todavía encendido y él ya tenía las manos en mi cintura. Esa mañana no iba a terminar pronto.
Nunca había estado con una mujer. Cuando abrí la puerta y la vi ahí parada, supe que esa noche algo en mí iba a cambiar para siempre.
Me tendió la mano para saludarme y el corazón me dio un vuelco. Meses de charlas, de risas, de tensión acumulada. Solo faltaba saber qué haríamos con todo eso.