Me pidió que fuera delicado: era su primera vez
Cuando me lo confesó, ya estábamos solos en la habitación. Su hermana me la había encargado por el día. Nadie imaginaba lo que iba a pasar entre nosotros.
Cuando me lo confesó, ya estábamos solos en la habitación. Su hermana me la había encargado por el día. Nadie imaginaba lo que iba a pasar entre nosotros.
Cuando quedé a solas con Marcos, el vecino de toda la vida, algo cambió entre nosotros. Se acercó despacio y me besó sin pedir permiso ni disculpas.
La ropa empapada pegada al cuerpo, la lluvia golpeando el techo del pajar y ninguna excusa para mantener la distancia. Así empezó su aventura.
Daniela me metió un condón en el bolsillo antes de marcharse. Yo sabía que era virgen y que Marco también. Esa tarde iba a cambiar todo eso.
Fui con tanga y medias de liguero debajo del pantalón, sin saber si pasaría algo. Esa noche pasó todo.
Los hermanos me rodearon en el establo y me contaron lo que nadie del pueblo sabía. Su hermana era de todos. El padre daba la orden. Y yo tenía dieciocho años y ojos muy abiertos.
Cuando su madre bajó las escaleras con ese vestido ajustado, Marcos supo que ese viaje al cine no iba a terminar como esperaba.
La tienda estaba vacía y el chico era joven. Yo llevaba días imaginando ese momento exacto y no pensaba desaprovecharlo.
Acostados, desnudos, todavía oliendo a lo que acabábamos de hacer, Sofía me dijo que tenía que contarme algo. Algo sobre Elena. Algo que me cambiaría la forma de verla para siempre.
Me abrió la puerta con una musculosa blanca sin corpiño. Llevaba una semana hablándole por chat y, por fin, estaba en su departamento, temblando.
Cuando Mariana me pidió ayuda, supe que el secreto que llevaba años escondiendo iba a salir a la luz frente a tres personas que apenas conocía.
Ella siempre dijo que mi cuerpo me delataba antes que mi voz. Esa tarde, después de cruzarme con una vieja amiga, lo iba a comprobar de la forma más cruda.
Ella tenía novio. Era hetero, decía. Y aun así, esa tarde en la piscina del hotel, su pie buscó el mío bajo el agua y yo no lo aparté.
Cuando me pidió que me quitara la calza y me cubriera con la toalla, pensé que era una sesión más. Sus manos en mi aductor me demostraron lo contrario.
Llevábamos años evitando hablar de aquellos juegos infantiles, hasta que una tarde de invierno le pedí que me llevara en la bici y mi mano se posó donde no debía.
Pasé seis meses bajando a buscarlo a la esquina. Una sola noche en la casa vacía bastó para que dejara de esperarme.
Llevaba veinte años pensando que conocía mis propios deseos. Bastaron diez minutos en el ascensor con un veinteañero nervioso para entender que no sabía nada.
Bajamos los pantalones frente a los otros cuatro y, cuando él se inclinó sobre mí, supe que esa tarde no iba a salir de aquel salón siendo el mismo.
Me desperté con su mano sobre la mía, pasándola por su pecho. Ella creía que yo seguía dormida; yo decidí, en ese instante, dejarla seguir.
Cuando entró desnudo en las duchas y se quedó mirándome, supe que aquella tarde no iba a terminar como cualquier otro entrenamiento.