El masajista del anuncio: mi confesión más oscura
Caminé seis cuadras sin pensar, subí a un taxi y dije mi dirección. Solo cuando arrancó noté que llevaba la mandíbula apretada y los ojos llenos de lágrimas.
Caminé seis cuadras sin pensar, subí a un taxi y dije mi dirección. Solo cuando arrancó noté que llevaba la mandíbula apretada y los ojos llenos de lágrimas.
En las duchas del gimnasio fingí que no miraba. Pero esa noche, en su departamento, ya no había excusas para seguir disimulando lo que ambos queríamos.
Cuando toqué el timbre de su apartamento todavía pensaba en darme la vuelta. Treinta minutos después estaba en su sala con la respiración contenida.
Era el chico del barrio que entraba de suplente cuando faltaba alguno. Tardé un año entero en entender que él también me estaba mirando.
Subo a propósito la falda un dedo más cada mañana, esperando que alguna mujer mayor me mire con esa mezcla de censura y deseo que aparece en todas mis fantasías.
Cuando giraron la botella por décima vez, ya no quedaba ropa que quitarse ni tabúes que sostener. Solo manos buscándose en la penumbra del chalet.
Llevaba un cubrebocas negro y una pijama de cocina verde, pero lo que me hipnotizó esa mañana fue cómo se le marcaba todo mientras servía las charolas del buffet.
Llevaba un mes sin tocar a nadie cuando él apareció en mi rellano con un pantalón de deporte que dejaba muy poco a la imaginación. Y yo estaba en bóxer.
Habíamos visto videos raros en su computadora aquella vez en la oficina. Lo que no esperaba era que meses después, esa misma curiosidad terminara en el sillón, debajo de la cobija.
Se metió en su cama con la mano todavía oliendo a otro y le pidió al oído todos los detalles. Micaela ya estaba mojada antes de abrir la boca.
Cuando le presté el slip rojo a Bruno aquella mañana, no imaginé que mi vecino llegaría a buscarnos y que el sendero al río terminaría en algo que nunca habíamos hecho.
Entró nervioso, casi sin mirarme, y se quitó la ropa antes de que yo terminara de buscar el canal. Tenía piercings en las tetillas y una sonrisa torcida.
Le dije que había olvidado el bikini sin querer. Lo que no sabía era que ella iba a aceptar el reto de entrar al sauna conmigo, las dos sin nada encima.
Cuando levanté la mirada, la puerta estaba entreabierta y ella nos observaba con una mano hundida en la tanga abierta que yo mismo le había comprado para esa noche.
Cuando me llamó desde el baño para que la ayudara, supe que esa mañana no iba a terminar como las otras. Ya no era mi nena chiquita.
Catorce años sin verla. Cuando levanté la vista del expediente y leí su apellido, supe que esa sargento que cruzaba la puerta de mi despacho iba a desbaratarme la vida.
Cuando se abrió la cremallera y mi madre entró con tres vasos en la mano, supe que esa noche ya no iba a poder controlar nada de lo que iba a pasar.
Cuando bajó del baño con la ropa que le había dejado encima de la cama, supe que esa tarde iba a obedecer cada orden sin rechistar.
Pasé el último curso mirándole el culo en sus vaqueros. El día que cumplí los diecinueve volví al aula vacía para terminar lo que nunca empezamos.
Bajé del coche con la comida que le había preparado, abrí la puerta del patio sin pensarlo y lo vi: desnudo, los ojos cerrados, sin la menor intención de parar.