Cuando un chico de 22 años curó mi menopausia
Llevaba semanas masturbándome a escondidas con videos de hombres bien dotados. Entonces lo vi salir del agua y lo supe: ese muchacho era lo que me faltaba.
Llevaba semanas masturbándome a escondidas con videos de hombres bien dotados. Entonces lo vi salir del agua y lo supe: ese muchacho era lo que me faltaba.
Veinte años, virgen, y paralizada en el pasillo cuando lo vi por la rendija. Lo que pasó esa noche no fue lo que esperaba, pero fue exactamente lo que necesitaba.
Santiago entró al aula ese lunes con esa camisa ajustada y una voz grave que me puso la piel de gallina desde la primera palabra que pronunció.
Pedaleé hacia el río con la sangre ya caliente, sabiendo lo que iba a hacer cuando nadie pudiera verme. Esa tarde, por fin, la fantasía sería real.
Llevaba semanas mirándolo cruzar el pasillo. Esa tarde me llamó a su despacho, y algo dentro de mí supo que algo iba a cambiar.
Nos habíamos quedado solos en casa. Él me abrazó por detrás y me preguntó si quería probar algo nuevo. Yo no sabía lo que significaba, pero dije que sí.
El chico llegó con su camilla bajo el brazo y ella ya tenía dos copas de vino encima. Lo que siguió fue mucho más que un masaje de espalda.
Me llamó después de semanas de silencio para preguntarme si estaba solo. Media hora después estaba en mi puerta con un vestido floreado y algo que darme.
Llevaba meses en el mundo swinger como soltero, hasta que me citaron en un departamento y reconocí a la abuela de mi mejor amigo sirviéndome whisky.
Solo en casa por primera vez en meses, encendí la pantalla con la vaga intención de matar el tiempo. Nadie imaginaba lo que estaba a punto de descubrir sobre mí mismo.
Cuando la lona se abrió en mitad de la noche, supimos que lo que había empezado entre nosotras iba a convertirse en algo mucho más.
No supe en qué clase de barrio me había metido hasta que Valeria se detuvo frente al hostal. Entonces entendí todo, y de todas formas entré.
Cuando el peso de su cuerpo hundió el colchón a mi espalda, supe que no era mi novio. Y supe también que no iba a hacer nada para detenerlo.
Llevaba diez minutos encerrada cuando empujé el pestillo y dejé que la puerta se abriera. Los sonidos me rodeaban. Ya no me importaba quién pudiera verme.
Daniela tenía veinte años, vivía en el cuarto piso, y nunca había estado con una mujer. Ese día cambió todo eso de golpe.
Nunca había pensado en eso hasta que mis nuevas amigas lo mencionaron. Aquella noche, sola en mi cuarto, la curiosidad fue más fuerte que el miedo.
Mi hijo organizó la velada sin decirme sus planes. Lo entendí cuando se llevó a su invitada al dormitorio y me dejó a solas con su amigo en el sofá.
Esa mañana la ducha duró casi una hora. Empezó con espuma y terminó con algo que nunca antes me había atrevido a descubrir del todo.
Tenía veintitrés años y llevaba tiempo buscando a alguien como Elena. Cuando vi su anuncio, no imaginé que esa noche en el hotel cambiaría lo que entendía por experiencia.
Éramos cuatro travestis en nochevieja, sin familia, sin pareja. Nadie esperaba que la noche terminara así. Sofía menos que nadie.