La noche que Valeria tuvo su primera vez
Me dijo que nunca había llegado hasta el final con nadie. Había algo en su manera de decirlo que hacía que quisiera ser yo quien cambiara eso.
Me dijo que nunca había llegado hasta el final con nadie. Había algo en su manera de decirlo que hacía que quisiera ser yo quien cambiara eso.
Abrió la puerta del carro con una calma que no esperaba. Sin fotos, sin nombres, sin saber qué vendría. Subió, cerró la puerta, y todo cambió.
Cuando llegaba, llegaba sonriendo. Cuando terminábamos, también. Rocío tenía esa sonrisa que no abandonaba nunca, sin importar lo que estuviera pasando.
Nunca había tenido novio, nunca había estado con un hombre. Cuando la llevé a mi piso esa tarde, sus manos temblaban pero no se soltaron de mí.
Cuando Elena abrió la puerta empapados y sin opciones, su mirada lo dijo todo antes de que ofreciera la noche en palabras. Madre e hija, precio fijo.
Cerré la puerta con llave y bajé la persiana. El chico me necesitaba. Y yo lo necesitaba a él. Solo faltaba ponernos de acuerdo.
Siempre fui invisible, la chica con lentes que nadie notaba. Esa tarde en el mercado, cuando las naranjas rodaron, todo cambió de golpe.
La 312 tenía techo de espejo, sábanas de satén y una consola llena de contenido que nunca esperaba encontrar. Marcos cerró la puerta. Tenía toda la noche para él solo.
Cuando le dije que era mi primera vez, se detuvo un instante y me miró. No con duda, sino con algo que se parecía demasiado a la satisfacción.
Por fin tenía su cuerpo frente a mí, a centímetros de distancia. Mi mejor amigo. Mi hombre. Y yo dispuesto a no dejar escapar ese momento por nada del mundo.
Llevábamos semanas mirándonos en el gym sin decir nada. Cuando al fin cruzamos palabras, los dos sabíamos a dónde iba a llevar aquello.
Llevaba meses sin un hombre cuando publiqué ese anuncio. Marcos fue el único que pareció de verdad interesado, y lo que pasó esa tarde no lo olvidé nunca.
Cuando le bajé el pantalón del pijama para ponerle la inyección, algo se despertó que llevaba semanas intentando ignorar. Esa vez no pude seguir fingiendo.
Me puse la pollera más corta que tenía y fui al taller a llevar un sobre. El dueño no estaba. Me hicieron subir a la oficina de su hijo.
La vi besarse con otro tres meses después de dejarme. Esa madrugada entré en un local que no había pisado nunca, y empezó algo que no he contado a casi nadie.
Helena llegó dos horas antes del vuelo. Le había comprado un perfume para darle las gracias. Ella tenía otro plan para despedirse.
Cuando vio al brasileño cruzar la pista hacia nosotras, supe que mi compañera de piso ya no era la chica tímida que había llegado a Madrid hacía un mes.
Lo descubrí la primera tarde, cuando el barman libraba y aquel forastero de pendientes de oro decidió que mi parada era su nuevo coto de caza.
Pensé que era una mosca. Cuando entendí que eran sus dedos, ya era tarde para detenerla, y peor todavía: para detenerme a mí misma.
Hace meses les conté el primer trío de Camila. Esta vez, cuando volvió a sentarse en mi cama, supe que la historia iba a ser todavía más intensa.