Mi prima Camila y la película que nunca vimos
Bajó las escaleras con el pelo mojado, una blusa rosa de tirantes y una falda negra a media pierna. Y entendí por qué se había bañado mientras yo elegía la película.
Bajó las escaleras con el pelo mojado, una blusa rosa de tirantes y una falda negra a media pierna. Y entendí por qué se había bañado mientras yo elegía la película.
Acordamos que serían solo una tapadera, pero esa noche en el hotel, con su vestido azul y la botella vacía, supe que la mentira se nos iba a salir de las manos.
Adriana llevaba el currículum en una carpeta y las manos sudando. Cuando cruzó la puerta de aquel piso del centro, ya no iba a salir igual.
Sabía que no debía levantar la sábana, que no debía mirar, pero la lluvia golpeaba la ventana y mi hermana respiraba profundo. Bajé la mirada y supe que ya no había vuelta atrás.
Cuando se aferró a mí dentro del agua y noté su respiración cambiar, supe que el verano de nuestros dieciocho no terminaría como ningún otro.
Cogía con mi prima desde aquel verano, pero ella me pidió que cada uno consiguiera pareja para guardar las apariencias. Lo que pasó esa misma tarde nos cambió las reglas.
Esa noche en la feria del barrio descubrí algo que no debía sentir por la hermana pequeña de mi novia, y la imagen de su sonrisa bajo las luces no me dejó dormir nunca más igual.
Cuando descorrí la cortina para mirarme al espejo, ella estaba ahí, apoyada en la pared, mirándome como si ya supiera lo que iba a pasar después.
Mis padres salieron el viernes por la mañana. A la una, mi hermana entró descalza en mi cuarto y echó el pestillo sin pedir permiso a nadie.
Cuando aparcamos la moto bajo los álamos y dejamos atrás la ermita, supe que aquella tarde con mi primo iba a ir mucho más allá del paseo.
Llegamos del aeropuerto a las once de la noche, con la casa para nosotros y quince días por delante. Y entonces me dijo que odiaba dormir sola.
Le di un abrazo para consolarlo y entonces sentí su erección contra mi cadera. En ese instante supe que ninguno de los dos iba a volver a ser el mismo.
Cuando abrí los ojos sobre la piedra húmeda y la vi soltándose el bañador, supe que aquel golpe en la cabeza me había llevado a un lugar del que no iba a salir igual.
Llevaba meses fingiendo que los piropos de su primo no le afectaban. Esa tarde, al cruzarlo sola en el pasillo en ropa interior, supo que ya no podía seguir mintiéndose.
Estaba dormido en el sofá, en calzoncillos, con una erección imposible de disimular. Era mi tío, había llegado el día anterior, y yo tenía veinte años.
Bajé del baño con la imagen de mi cuñada Renata recién duchada metida en la cabeza. Una hora después llamó a mi puerta envuelta en una bata.
Cuando me besó por segunda vez ya no quedaba forma de pretender que era un saludo de sobrina. Lo que pasó después fue lo que nunca debí permitir.
Cuando me desperté de la siesta, la casa estaba en silencio. Hasta que oí los gemidos en el cuarto de invitados y supe que esa tarde no terminaría como debía.
Pensé que estaba solo en casa. La llave en la cerradura me llegó tarde y, cuando levanté la cabeza del sofá, ella ya me había visto.
Cuando Lucía salió del agua y los miró desde la orilla, ellos dos supieron que aquella tarde no iba a terminar en sus tumbonas.