Mi prima mayor me enseñó lo que era el deseo
Llevaba años sin verla. Cuando bajó del autobús ya no era la niña que recordaba, y aquella noche terminamos compartiendo mucho más que la sábana.
Llevaba años sin verla. Cuando bajó del autobús ya no era la niña que recordaba, y aquella noche terminamos compartiendo mucho más que la sábana.
Yo me masturbaba pensando en ella cuando empujó la puerta sin avisar, recién duchada y sin una sola gota de ropa encima. Lo que vino después no debería contarse.
Aceptó compartir a su novio con su mejor amiga. Lo que ninguna esperaba era que el placer real estuviera entre ellas dos, sin él en la habitación.
Llevaba meses cobrando por desconocidos cuando llamó una chica que venía a perder la virginidad conmigo. Esa tarde lo entendí casi todo.
Eran las cuatro de la tarde, los tres con resaca, mi novio sin saber qué decir y su amigo mirándome como si supiera lo que yo iba a proponer en la cocina.
Cuando mi hijo subió a dormir, él se levantó del sofá y me miró como si llevara toda la noche esperando que nos quedáramos solos.
Una propuesta hecha entre risas, frente al televisor de la cabaña, abrió una puerta que mis hermanas y yo ya no podríamos cerrar nunca más.
Cuando levanté la mirada en el último asiento del trolebús, los ojos que me devolvieron la sonrisa no eran los de un desconocido: eran los de mi primo Bruno.
Llevaba trece años con su madre y nunca la había mirado de ese modo. Pero esa tarde, cuando salió de la ducha sin nada, descubrí que ya no era la niña que correteaba por la casa.
Cuando volví a mi cuarto, ella estaba a cuatro patas sobre la cama, en la misma postura, con la sábana cubriéndole la cabeza. Mi muñeca había desaparecido.
Cuando bajó del ómnibus con esa minifalda y corrió a abrazarme gritando «tío», supe que los próximos meses no iban a ser fáciles para ninguno de los dos.
Llegué a casa de Carolina con un secreto ya consumado entre los setos del jardín. Lo que vino después convirtió la fiesta en algo difícil de contar.
Hasta esa noche había sido invisible. Llegué con un vestido prestado y volví con la voz cambiada: lo que pasó en aquel baño me enseñó qué quería de verdad.
Llegó a mi departamento con la mejilla todavía morada. Esa misma noche entró al baño envuelta en una toalla y la dejó caer al verme.
Tenía cincuenta y cuatro años, una pierna rota y dependía de la mujer de mi hijo menor. Una tarde resbalé desnudo en la ducha y ella corrió a auxiliarme.
Cuando bajé al salón a por un vaso de agua, mi prima me esperaba con la falda subida hasta la cintura y una sonrisa que no admitía discusión.
Cuando Carolina salió del baño, su madre todavía tenía mi mano debajo de la falda. No retiró la suya. Solo cerró los ojos y me miró desde algún sitio mucho más oscuro.
A las cinco de la mañana, con los tacones en la mano y el vestido caído sobre los hombros, Renata subió al coche conmigo y me hizo una propuesta que no debía aceptar.
Solo quería algo temporal mientras terminaba la secundaria. No esperé que esas voces nocturnas dentro de un mundo virtual me enseñaran tanto sobre el deseo.
Volvía de la fiesta cuando vio a su padre dormido en la galería. Los calzoncillos viejos no alcanzaban a tapar lo que él escondía debajo.