Mi prima me pidió un novio falso para tapar lo nuestro
Cogía con mi prima desde aquel verano, pero ella me pidió que cada uno consiguiera pareja para guardar las apariencias. Lo que pasó esa misma tarde nos cambió las reglas.
Cogía con mi prima desde aquel verano, pero ella me pidió que cada uno consiguiera pareja para guardar las apariencias. Lo que pasó esa misma tarde nos cambió las reglas.
Esa noche en la feria del barrio descubrí algo que no debía sentir por la hermana pequeña de mi novia, y la imagen de su sonrisa bajo las luces no me dejó dormir nunca más igual.
Cuando descorrí la cortina para mirarme al espejo, ella estaba ahí, apoyada en la pared, mirándome como si ya supiera lo que iba a pasar después.
Mis padres salieron el viernes por la mañana. A la una, mi hermana entró descalza en mi cuarto y echó el pestillo sin pedir permiso a nadie.
Cuando aparcamos la moto bajo los álamos y dejamos atrás la ermita, supe que aquella tarde con mi primo iba a ir mucho más allá del paseo.
Llegamos del aeropuerto a las once de la noche, con la casa para nosotros y quince días por delante. Y entonces me dijo que odiaba dormir sola.
Le di un abrazo para consolarlo y entonces sentí su erección contra mi cadera. En ese instante supe que ninguno de los dos iba a volver a ser el mismo.
Estaba dormido en el sofá, en calzoncillos, con una erección imposible de disimular. Era mi tío, había llegado el día anterior, y yo tenía veinte años.
Bajé del baño con la imagen de mi cuñada Renata recién duchada metida en la cabeza. Una hora después llamó a mi puerta envuelta en una bata.
Cuando me besó por segunda vez ya no quedaba forma de pretender que era un saludo de sobrina. Lo que pasó después fue lo que nunca debí permitir.
Cuando me desperté de la siesta, la casa estaba en silencio. Hasta que oí los gemidos en el cuarto de invitados y supe que esa tarde no terminaría como debía.
Pensé que estaba solo en casa. La llave en la cerradura me llegó tarde y, cuando levanté la cabeza del sofá, ella ya me había visto.
Cuando Lucía salió del agua y los miró desde la orilla, ellos dos supieron que aquella tarde no iba a terminar en sus tumbonas.
Nueve meses de independencia fallida la devolvieron a casa de su padre, a las reglas de Carmen y a la mirada de Marcos, que desde el primer día le hacía sentir cosas que no debía.
Salí del apartamento con mi hijo mayor convencida de que era la decisión correcta. La cámara ya estaba puesta. Solo quedaba esperar y mirar.
Había ido solo a saludar, pero Matías no me quitaba los ojos de encima. Cuando su padre se fue, ese muchacho demostró que tenía más iniciativa de lo que parecía.
Tenía los brazos que uno nota aunque intente no hacerlo. Me dijo adiós en treinta segundos y volvió arriba. Yo no pude dejar de pensar en él.
Era el más callado del aula, usaba lentes y jamás hablaba de otra cosa que no fuera el estudio. Yo llevaba semanas pensando en lo que había visto por accidente.
Valen apoyó la mano en mi muslo en mitad de la autopista. Llevábamos cuarenta minutos y ya sabíamos las dos cómo iba a terminar el día.
Andrés pensó que estaba solo en las duchas del polideportivo. Cuando levantó los ojos y vio a la entrenadora mirándolo desde la puerta, ya era demasiado tarde para parar.