Mi confesión sobre la cafetería de las once
Cada mañana, a las once en punto, entraba en aquella cafetería como quien entra en un confesionario. Tardé semanas en darme cuenta de que ellas dos también me esperaban.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Cada mañana, a las once en punto, entraba en aquella cafetería como quien entra en un confesionario. Tardé semanas en darme cuenta de que ellas dos también me esperaban.
Cuando lo vi bajar del tren ya no era el niño que yo recordaba. En ese instante pensé que mi marido tendría que aprender a compartir, aunque nunca lo supiera.
Toqué el timbre con la excusa de pedirle un consejo íntimo. Cuando me abrió la puerta sola, supe que aquella tarde nadie iba a interrumpirnos.
Llevaba años fantaseando con un trío. Aquella noche en el chalet familiar entendí que la lujuria a veces vive más cerca de lo que uno imagina.
Llegué a la escena del crimen y ella me esperaba fumando, los ojos secos. Tres meses después la viuda me abría en camisón negro y un frasco de gel sobre la mesilla.
La bata se le subió cuando se agachó por la espátula. No fue un accidente; fue una invitación que tardé toda la mañana en aceptar.
Le di un abrazo para consolarlo y entonces sentí su erección contra mi cadera. En ese instante supe que ninguno de los dos iba a volver a ser el mismo.
Iba a recoger unas bolsas que mi mujer había olvidado, pero la puerta del jardín estaba entreabierta y la escena del otro lado me cambió la cabeza para siempre.
Cuando abrí los ojos sobre la piedra húmeda y la vi soltándose el bañador, supe que aquel golpe en la cabeza me había llevado a un lugar del que no iba a salir igual.
Llegamos al noveno piso casi sin paciencia, ella borracha de deseo y yo dispuesto a todo. Lo que no esperaba era encontrar a su madre despierta, con la pantalla iluminada.
Mi prima se había ido a la playa con sus amigas. Cuando llamé al timbre, mi tía abrió la puerta con el delantal puesto y una sonrisa que no le había visto nunca antes.
Mi mujer estaba de viaje y mi suegra entró a traerme el desayuno a la cama. Yo seguía desnudo y con una erección imposible de disimular.
Cuando mi marido cruzó la puerta con la maleta, dejé caer la bata en el pasillo y entré desnuda en la habitación de mi hijo.
Era hija de una prima de mi padre y al principio fue solo un saludo por las redes. Hasta la noche del cumpleaños de la abuela, cuando me llevó a un hotel discreto.
Entré en mi cuarto y la encontré desnuda en un rincón, masturbándose mientras me miraba. No dijo nada. Yo tampoco. Solo me senté frente a ella.
Llevo años pensando en ese momento: Valeria en el salón vacío, su dedo señalando mi entrepierna y esa sonrisa que prometía todo lo que no llegó a pasar.
Fui a su casa creyendo que iba a hacer una buena obra. Encontré mis fotos en su celular, y lo que hice después no se lo he contado a nadie hasta hoy.
Fui sola a esa fiesta pensando en bailar un rato y olvidar. No esperaba que Diego ni lo que vino después cambiaran mi noche por completo.
Había ido solo a saludar, pero Matías no me quitaba los ojos de encima. Cuando su padre se fue, ese muchacho demostró que tenía más iniciativa de lo que parecía.
Sus manos frías se movieron despacio por donde ninguna mano debería. Yo no hice un sonido. Pero algo se rompió esa tarde y ya nada volvió a ser exactamente igual.