Mi jefa madura quiso ponerme en mi lugar
Entré a su despacho para hablar y terminamos follando sobre su escritorio mientras el resto de la oficina almorzaba sin saber nada.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Entré a su despacho para hablar y terminamos follando sobre su escritorio mientras el resto de la oficina almorzaba sin saber nada.
Rodrigo llevaba años ignorando lo que sentía por su madre. Esa noche, en los pasillos de la asamblea, ya no había forma de seguir mirando hacia otro lado.
Era sábado, iba al despacho, y entonces entró ella. Vestida para matar, con una sonrisa que lo sabía todo. No me podía quedar sin intentarlo.
Andrés pensó que estaba solo en las duchas del polideportivo. Cuando levantó los ojos y vio a la entrenadora mirándolo desde la puerta, ya era demasiado tarde para parar.
Abrí la puerta y algo en su sonrisa me dijo que esa tarde no iba a ser una simple charla entre la novia de mi hijo y su futura suegra.
Llevaba días triste desde que su novio la dejó. Me senté a su lado en el sofá sin ninguna intención clara. Pero ella apoyó la cabeza en mi hombro y todo cambió.
Fui a cambiarme los zapatos y terminé espiando al matrimonio dueño de la finca. A la mañana siguiente, su hija y su madre hicieron que yo también participara.
Cuando lo vi mirarla así, en lugar de celos sentí algo que no esperaba. Ese primer día en el resort ya no éramos la misma pareja que había llegado por la mañana.
Llegué a la base buscando a un hombre y salí con otro. Lo mejor es que Damián llegó después y tampoco me negué.
Un camionero africano con fama de semental. Un cruce de carretera. Una semana que nadie en el pueblo olvidó.
Era mi primer día instalándome en el chalet cuando escuché chapoteos en la piscina. Me asomé y los vi desnudos, besándose, ajenos por completo a mí.
Éramos el tipo de personas que nunca rompían las reglas. Hasta que cumplimos cuarenta y decidimos que una noche podíamos permitírnoslo todo.
Ella bajó del coche con la falda levantada y su marido, desde el asiento del conductor, me preguntó con calma si me gustaba lo que veía.
Me pidieron que entretuviera a su hermana y mirara para otro lado. Era un plan razonable hasta que Valeria decidió que no iba a dejarse ignorar.
La voz más poderosa del país me puso su tarjeta en la mano con una sola instrucción. Media hora después, yo estaba frente a su puerta.
Cuando su mano me ajustó la postura desde atrás, sentí su cuerpo contra el mío y supe que lo que venía no tenía nada que ver con el entrenamiento.
Iba al gym sin ropa interior a propósito, para que se notara todo. Después de semanas de miradas, él por fin se acercó con una propuesta que no dejaba margen de duda.
Subió al piso 28 con el vestido morado y los tacones de aguja sabiendo lo que iba a pasar. Lo que no esperaba era que su cuerpo no obedeciera la promesa de no sentir.
Esa mañana entré a su cuarto sin llamar. Ella seguía en cama, encerrada en su propio dolor. Y yo supe que era el único que podía ayudarla.
Cuando entró en mi cocina, no tenía ni idea de lo que le esperaba. Yo sí lo sabía, y desde que cruzó la puerta, solo pensé en una cosa.