Mi abuela me esperaba cada vez que mis padres salían
Eran las seis de la tarde, mis padres no volverían hasta el domingo y ella entró a mi cuarto sin tocar, completamente desnuda, con esa sonrisa que conocía desde hacía dos años.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Eran las seis de la tarde, mis padres no volverían hasta el domingo y ella entró a mi cuarto sin tocar, completamente desnuda, con esa sonrisa que conocía desde hacía dos años.
Cuando vi cómo se entretuvo mirando el bulto del short bajo la luz del pasillo, supe que aquella mañana en casa de mis tíos no terminaría como cualquier otra.
Sus pechos rozaban mi hombro mientras me servía el segundo vodka. Era mi cuñada, pero esa noche dejó de comportarse como tal y yo dejé de fingir que no quería más.
Cuando vi su bata entreabierta y la forma en que se mordía el labio, supe que esa tarde no iba a ser como las demás. Mi tío estaba a miles de kilómetros.
Tenía cincuenta y cuatro años, una pierna rota y dependía de la mujer de mi hijo menor. Una tarde resbalé desnudo en la ducha y ella corrió a auxiliarme.
Cuando Carolina salió del baño, su madre todavía tenía mi mano debajo de la falda. No retiró la suya. Solo cerró los ojos y me miró desde algún sitio mucho más oscuro.
Mamá se probó tres conjuntos delante de mí y, antes de elegir, dejó caer la pregunta del tanga negro como si fuera lo más natural del mundo.
Pegué la oreja a la puerta y después corrí al estudio del abuelo. Mi madre no estaba sola en el penthouse de Esteban, y yo no podía dejar de mirar.
Tenía diecinueve años, mi padre se ausentaba semanas enteras y yo creía conocer a mi madre. Hasta que el cesto de la ropa sucia me obligó a mirarla distinto.
Mateo entró a matar el tiempo entre clases. Salió con el sabor del pintalabios de ella y el corazón latiéndole contra las costillas.
Llevaba meses publicando fantasías anónimas en un foro. Cuando él me escribió pidiendo conocerme, supe que iba a obedecer mucho antes de aceptar la cita.
La primera fue mi profesora de física. La segunda, la de francés. Las dos me citaron a solas en sus últimos días en Valencia y entendí que las despedidas pueden ser muy distintas.
Vivía dos pisos más arriba y cada vez que la cruzaba en el ascensor pensaba lo mismo: vas a ser mía. Esa tarde, con una rosa en la mano, le pedí que bajara a tomar un café conmigo.
Llevábamos un mes solos en casa cuando ella se ofreció a revisarme tras el golpe. Yo nunca imaginé que mi madre se arrodillaría entre mis piernas.
Diecinueve años, una tarde de treinta y ocho grados y mi tía política trapeando mi cuarto en jeans ajustados. Aquella tarde no aguanté más.
Cuando dejó caer el pulóver al suelo y se descalzó frente a mí, entendí que aquella tarde no iba a salir de la casa de mi suegro siendo el mismo hombre.
Mi madre se inclinó delante de mí para sacar una cinta vieja de la caja y, cuando se ajustó la bata muy despacio, supe que había visto lo que yo no quería que viera.
Cuando aquel chico se quitó la camiseta en nuestro salón, reconocí cada centímetro de su torso: era el cuerpo que Beatriz miraba en su pantalla a las tres de la mañana.
Bajé a trotar por la playa para escapar del hotel. Dos kilómetros después, un bote de pesca atracó frente a mí y un hombre joven me invitó a seguirlo entre las palmeras.
Cuando volví del baño con su prenda guardada en el bolsillo, no imaginaba que ella me esperaría esa misma tarde con un trato que cambiaría todo.