Mi novio no sabe que la mujer del video soy yo
Cada insulto que gritaba esa desconocida enmascarada iba dirigido a una sola persona: el hombre que dormía a mi lado y me creía suya.
Cada insulto que gritaba esa desconocida enmascarada iba dirigido a una sola persona: el hombre que dormía a mi lado y me creía suya.
Él creyó que esa noche era solo una salida con sus amigos. No imaginó que la mujer enmascarada del escenario llevaba semanas planeando su caída.
Recibí la nota sin firma frente a todos. Esa misma noche, detrás de una máscara, las manos de un hombre me enseñaron lo que tanto había callado.
Centella me sujetó contra la pared de la cabina, sus pechos contra mi cara, y susurró que aprendiera a quedarme quieta y a obedecer cada orden.
La odiaba con todas mis fuerzas, y aun así, con su cuerpo atado sobre el mío y la mordaza ahogando sus insultos, mi cuerpo me traicionó de la peor manera.
Detrás de cada antifaz había una invitación que nadie se atrevía a decir en voz alta, y esa noche decidiste aceptarla sin pedirme permiso.
Bailé pegada a un desconocido con máscara hasta que su voz me preguntó al oído si todavía lo recordaba. Y mi cuerpo respondió antes que yo.
Me dejó sentada en el sofá con un antifaz y las manos sudando. Cuando una mano subió por mi pierna y empezó a sonar la música, supe que no olvidaría esa noche.
Llegó al claro buscando silencio y encontró antorchas, cuerpos desnudos y decenas de máscaras de ciervo que la esperaban como si siempre hubieran sabido que esa noche volvería.
No sé tu nombre, pero sé lo que te espera. Yo también creí que era amor antes de aprender a obedecer cada una de sus órdenes.
Con los ojos vendados y las pinzas tirando de mi pecho, dejé de ser la directora que no se arrodilla ante nadie. Allí arriba solo era un número entregado a sus manos.
Tenía la máscara puesta y la orden de no moverse. Sabía que esta vez no habría ternura, solo la lección que ella misma había buscado durante días.
La regla era simple: máscara puesta, ni una palabra. Lo que Marcos no sabía era a quién estaba tocando de rodillas en mi salón.
Cuando Lucía se mudó a nuestro piso, los dos hermanos la deseamos. Nunca imaginé que años después sería ella quien pediría que Bruno se metiera en nuestra cama.
Me dijo que cerrara los ojos y confiara en él. Lo hice. Lo que vino después fue la fantasía que nunca me había atrevido a pedir en voz alta.
Llegué cansada del velero y solo quería dormir. Nunca imaginé que esa noche, detrás de un antifaz de flores, dejaría de ser la esposa fiel que siempre fui.
El vestido manchado seguía colgado en la puerta como un trofeo, y ella ya no le temía a ningún espejo ni a ninguna mirada.
«Sé quién eres en realidad», le dijo su vecina en el rellano. Esa madrugada, a oscuras y con un antifaz puesto, Daniel descubrió que ella tenía un plan que jamás habría imaginado.
A las tres de la madrugada vi a una mujer enmascarada forzar la puerta de mis vecinos. Cuando la luz le dio en la cara, reconocí a la justiciera más temida de la ciudad.
Nunca sé en qué postura voy a terminar cuando entro a su cuarto de cuerdas. Hoy había un punto de suspensión listo, y yo solo llevaba unas bragas que él pensaba destrozar.