Espié a mi hermana y descubrí con quién estaba
El fin de semana de pesca se canceló. Volví a la cama justo cuando escuché unos gemidos del otro lado del pasillo y todo lo que creía saber sobre mi hermana se derrumbó.
El fin de semana de pesca se canceló. Volví a la cama justo cuando escuché unos gemidos del otro lado del pasillo y todo lo que creía saber sobre mi hermana se derrumbó.
Habían pasado tres años desde la última vez. Cuando se acostó de espaldas mostrándome ese culo enorme bajo el bóxer, supe que no iba a aguantar la noche entera mirando videos.
Cuando descubrí al vecino asomado tras la medianera, no me cubrí. Bajé el corpiño bajo la ducha del patio y dejé que viera todo lo que quisiera.
Bajé la luz del salón para que ella no me viera, pero cuando la sábana empezó a moverse bajo su cadera supe que esa noche no iba a dormir.
Llevaba toda la tarde buscando, sin suerte. Ya estaba camino a casa cuando vibró el celular: «Tengo el auto en el estacionamiento del híper, ¿te animas?».
Bajó al comedor sin bragas y sin sujetador. Decía que no sabía lo que le pasaba, pero yo empezaba a entenderlo: ese día iba a cruzar todos los límites.
Esa noche bajé por un vaso de agua y nunca llegué a la cocina. Lo que vi entre las sombras del rincón me dejó clavado durante una hora entera.
La nueva se sentó a mi lado y abrió las piernas para que yo viera lo que tenía debajo de la pollera. La clase de biología nunca fue tan larga.
Nunca había escrito algo así. Pero esa madrugada, después de soñar con él, le confesé por mensaje cada cosa que su cuerpo le había hecho al mío.
Llegué temprano a la piscina con un bikini que dejaba poco a la imaginación. Quería saber si la chica de la sonrisa coqueta se animaría a algo más.
Una bata azul, un libro y un descuido. Bastó un segundo de mirar por la ventana de enfrente para que mi mañana cambiara para siempre.
Pensé que la noche acabaría con un videojuego y una cena tonta. No con su cuerpo arrodillado frente a mí, temblando tanto como yo.
Bajé al baño a las tres de la mañana y escuché la risa de mi tía detrás de la cortina. Mi padre apareció a mi espalda con la misma sonrisa cómplice.
Cuando Camila tocó lo que creyó que era el control del aire, una descarga me recorrió entera y supe que mi secreto ya no era solo mío.
Sabía que era bisexual, pero no si yo le gustaba. Esa tarde me puse el short más corto y la camiseta más fina, y dejé que la duda se respondiera sola.
Caminaba por la finca pensando en cualquier cosa cuando oí los gemidos. Lo que vi entre los árboles esa tarde encendió un deseo que ni yo misma sabía que vivía dentro de mí.
Entré por un cruasán a las cuatro de la madrugada y los vi de pie, hombro con hombro, junto a la mesa del obrador. Mi padre no me oyó llegar.
Acababa de mudarme cuando vi a la chica del patio de al lado quitarse la toalla. No imaginaba que ella ya sabía exactamente dónde estaba yo.
Mis amigos paseaban riendo entre vitrinas. Yo me detuve frente a la suya y, por la forma en que me devolvió la mirada, supe que aquella noche no era para ellos.
Su relato me había tocado más de lo previsto. Tres días después, sin avisarla, me bajé del tren en Sevilla y subí hasta su puerta.