Mi primera vez fue con Daniela esa tarde de verano
Cuando me abrió la puerta en top y licra, sudada del ejercicio, supe que esa tarde no iba a terminar como cualquier otra de las que pasábamos en su casa.
Cuando me abrió la puerta en top y licra, sudada del ejercicio, supe que esa tarde no iba a terminar como cualquier otra de las que pasábamos en su casa.
Esa noche fingí que me iba con amigos. Volví a escondidas, me encerré en mi cuarto y encendí el monitor. Solo entonces empezó el verdadero espectáculo.
Llegué a su casa pensando en una peli y dos cervezas. A las cuatro horas estaba desnuda en su sofá, descubriendo que las habladurías del pasillo no eran habladurías.
Sudaba conmigo entre los sacos de harina mientras repetía las palabras más sucias en su acento árabe. A las cuatro de la mañana, ninguno de los dos podía seguir fingiendo.
Eran las ocho de la mañana, mi novia seguía dormida y yo no podía soltar el móvil. Lo que empezó como un rato sola terminó con las dos empapadas y la sábana al cesto.
Cuando le pedí que me alcanzara el champú, no esperaba que apartara la cortina y se quedara mirándome con la mano sobre el pezón.
El timbre sonó justo después del baño y la tarde a solas se me fue al diablo. Renata estaba en la puerta con dos amigas y una sonrisa que no admitía un no.
Llevaba meses sospechando que sus carreras nocturnas eran otra cosa. La seguí una vez y entendí por qué volvía siempre tarde y con olor a hombre.
Cuando vi mi ropa interior sobre la mesita del cristalero, supe que llevaba semanas mirándome. Y, en lugar de delatarlo, decidí darle algo mejor que recordar.
Bajé descalza por un vaso de agua a las tres de la mañana y los gemidos al otro lado de la puerta entreabierta me clavaron al piso.
Tengo 33 años, llevo cuatro sola y hay una fantasía que se me repite cada noche cuando me toco. Hoy la cuento por primera vez.
Cuando la vi salir de la ducha esa noche, supe que algo había cambiado. No imaginé que días después estaría rendida en el sofá, gimiendo bajo sus dedos.
Subí por las escaleras y vi la ventana del baño entreabierta, con el vapor escapando. No debí acercarme, pero el sonido del agua y mi curiosidad pudieron más.
Mi padre subió a la siesta empapado en sudor, con un bulto evidente en la bragueta. Yo solo le dije una frase, sin pensar lo que vendría después.
Coloqué el portátil sobre la cómoda, apunté la cámara hacia su cama y bajé a hacerle charla. En treinta minutos vería lo que llevaba años imaginando.
Llevábamos nueve meses sin vernos. Cuando Renata abrió la puerta y me abrazó, sentí algo distinto contra mi pecho que no entendí hasta esa tarde.
Era una carpeta protegida con contraseña en el escritorio de su PC. Probé la misma de siempre y entró. Lo que vi me dejó helada y, al mismo tiempo, mojada.
Cuando me asomé por la luna del coche para ver si mi hermana seguía despierta, lo descubrí a él en su ventana, fumando. Y supe que no iba a apartar la mirada.
Bajé a mi cuarto queriendo huir del ruido. Acabé con las piernas abiertas frente al espejo, mientras todos brindaban a unos metros sin sospechar nada.
Llevábamos seis años separados, pero ese baby doll en la vitrina me transportó a una mañana cualquiera y a un video que tenía olvidado en una carpeta perdida del computador.