Cómo mi esposa se desnudó ante mi mejor amigo
Cuando volví a casa, ella tenía los labios húmedos y una sonrisa que no encajaba. Lo que me contó después me dejó sin palabras... y completamente excitado.
Cuando volví a casa, ella tenía los labios húmedos y una sonrisa que no encajaba. Lo que me contó después me dejó sin palabras... y completamente excitado.
Llevábamos meses juntos frente a la pantalla, cada uno en su lado. La tarde que Marcos extendió la mano hacia mí cambió todo entre nosotros para siempre.
La sala de profesores parecía vacía a esa hora. Empujé la puerta sin llamar y ahí estaba ella, en el sofá, completamente entregada a sí misma.
Cuando escuché abrirse la puerta supe que era mi hijo. Ya era tarde para detener lo que estaba pasando, y tampoco quise hacerlo.
Rodrigo abrió la puerta y encontró a su vecina en el pasillo, los ojos llorosos, el vestido tenso. Lo que le pidió minutos después no tenía nombre.
Lo había visto en la playa, en una tienda, entre pinos. Tres veces sin atreverme. La cuarta vez estaba en la cocina de su hermano, con una camiseta sin mangas.
Llevaba años viendo cómo lo hacían en pantalla. La primera vez que toqué a una chica de verdad entendí que ningún video te prepara para esa sensación.
Claudia la miraba de esa manera que Sofía ya no podía seguir fingiendo no entender. Esa tarde ninguna de las dos iba a apartar la vista.
Lo vi sentado en el banco y supe que era él. El hombre del plug con el corazón. Decidí darle lo que nunca había pedido: un espectáculo solo para sus ojos.
Desde que empezamos a beber juntos, noté cómo me devoraban con los ojos. No era curiosidad: era hambre. Decidí darles lo que querían sin dejar que me tocaran.
Éramos un matrimonio acostumbrado a compartirlo todo. Cuando Marcos llegó de gira con esa sonrisa de siempre, entendimos que la cena iba a esperar.
Rodrigo la sostenía de las caderas durante el ejercicio y ella fingía no notar su erección. Cuando encontró sus bragas en su cuarto, ya no pudo ignorar lo que ocurría.
Cuando ella me preguntó quién me gustaba más de los dos, yo llevaba veinte minutos mirándolos desde mi toalla con la boca seca.
Mientras mi marido dormía, yo tenía la mente encendida. En el hockey, en las fiestas familiares, en la cocina a solas: mis fantasías no me daban tregua.
Clara se peinaba cuando Renata apareció detrás de ella en el espejo. Las manos sobre sus hombros fueron solo el principio de algo que ninguna había planeado.
Carmen y yo teníamos todo listo cuando Sofía llegó al estudio. Era tan guapa que no pude dejar de mirarla. Nadie nos había dicho lo que encontraríamos bajo su lencería.
Carmen apareció en mi ventana como si esperara ese momento. No se fue. Me hizo bajar. Lo que vino después no fue lo que ninguno de los dos imaginaba.
Llegué antes que Daniela y una chica me ofreció copa en la barra. No sabía que esa noche acabaríamos las tres en una cama, haciendo cosas que ninguna tenía en mente.
Cuando lo vi entrar sin atreverse a levantar la vista, pensé que sería una consulta más. No lo fue. Lo que encontré bajo esa bata me quitó el sueño durante días.
La excusa fue una app de pilates y su salón vacío. Lo que pasó después no estaba en ningún ejercicio del programa.