Espié a mi hermano por las cámaras y alguien me espió a mí
Subí al despacho con la excusa del dolor de cabeza, pero lo único que me dolía era la curiosidad por saber qué harían en la piscina cuando creyeran que no los miraba nadie.
Subí al despacho con la excusa del dolor de cabeza, pero lo único que me dolía era la curiosidad por saber qué harían en la piscina cuando creyeran que no los miraba nadie.
Tenía cincuenta y dos años, un matrimonio tibio y unas medias de encaje que esa mañana decidió usar. Lo que no esperaba era el hombre que subiría dos paradas después.
Cuando me giré en la cama, ella ya se estaba tocando con los ojos cerrados, sin saber que yo la observaba en silencio desde mi lado.
Apagaba la luz de mi cuarto para verlo mejor sin que él me viera. Una madrugada giró la cabeza hacia mi ventana, sonrió, y entendí que yo nunca había sido la única que miraba.
La reconocí en cuanto cruzó el umbral. Esa chica de veintitrés años llevaba meses desnudándose para mí desde la pantalla y ni siquiera lo sabía.
Llegó al aparcamiento sin saber qué esperar; cinco minutos después, un Clio gris frenó pegado al suyo y desde el cristal lo miraba una mujer que no había visto en su vida.
La sala estaba casi vacía cuando empezó la película, y yo ya sabía que no iba a mirar la pantalla. Tenía otros planes para esa última fila.
Entré temprano del turno y la encontré tumbada en la litera, con la mano metida bajo el elástico. Ninguna de las dos apartó la mirada.
Cuando vi su cuerpo desnudo sobre la toalla azul supe que no me iría sin cumplir tu encargo. Aún no lo había tocado y ya empezaba a responder bajo mi mirada.
Llevaba dos días bajando las cortinas para esconder lo que hacía. Aquella última mañana decidí dejarlas abiertas, y la mujer del uniforme se quedó plantada al otro lado del patio.
Subí a la terraza con la última cerveza fría. Un coche aparcó debajo y no salieron. Entonces entendí por qué, y ya no pude apartar la vista de aquella ventanilla.
Cargué ese condón durante meses sin usarlo, hasta que ella apagó la luz, se acostó a mi lado y empujó sus caderas contra las mías sin decir una palabra.
En el barrio, Camila era invisible. Hasta esa tarde gris en que un desconocido en el supermercado encendió en ella algo que llevaba años en silencio.
Pensé que la última fila del estreno me dejaría tranquila con él. Tardé en entender que en esa sala oscura nadie estaba realmente a solas.
Sus manos me rozaban los senos cuando me ayudaba con las pesas. Yo fingía no darme cuenta hasta la mañana en que se las apreté yo a ella frente al espejo.
Solo llevaba una camiseta vieja y la luz del flexo le marcaba los pezones a través de la tela. Yo todavía no había soltado el abrigo cuando supe que esa noche no íbamos a dormir.
Cuando vi sus calcetines tirados en el suelo del baño del hotel, supe que estaba a punto de cruzar una línea que jamás podría desandar con mi mejor amigo.
Cada mañana la recogía para ir a trabajar. Esa madrugada, en mitad del campo, descubrí que ella ya no podía seguir disimulando lo que sentía cuando me miraba.
La marea me trajo libretas y lápices el mismo día en que todo lo que creía firme entre Tomás y yo empezó a derrumbarse. No imaginé para qué iban a servirme.
Bastó una mirada instintiva a su escote para saber que iba a perderme con ella. Lo que no sabía era cuánto tardaría en confesárselo, ni cómo terminaríamos esa primera noche.