La travesti que invitó al elotero a casa
Cuando escuché el carrito del elotero pensé solo en saciar el antojo. Lo que no esperaba era que terminara su noche en mi cocina, mirándome como si yo fuera el postre.
Cuando escuché el carrito del elotero pensé solo en saciar el antojo. Lo que no esperaba era que terminara su noche en mi cocina, mirándome como si yo fuera el postre.
Cuando sonó el timbre supe que no podía echarme atrás. Llevaba meses preparándome para ese momento, pero nada me había preparado de verdad.
Cuando llegamos a casa de Pablo y Vera, el champán ya estaba frío. Yo traté de aparentar calma. Mi cuerpo llevaba semanas traicionándome cada vez que él lo mencionaba.
Iba vestida para una fiesta y él llevaba años esperando esa oportunidad. Cuando abrí la puerta, el compadre de mi esposo entró detrás y cerró con llave.
Me mudé a una ciudad desconocida y el primer hombre que entró en mi piso fue también el más atractivo. Tenía novia, pero eso no le importó.
Tenía setenta años y un cuerpo que desmentía cada uno. Cuando me dijo al oído que llevaba diez años sin que nadie la tocara, supe que la noche aún no había terminado.
Travestí de clóset, fui a la entrevista más importante de mi carrera con un calzón de encaje bajo el traje. Pensé que nadie lo sabría. Me equivoqué.
Valeria me llamó para contarme que su marido quería un trío. Colgué pensando que era su problema. Esa noche estaba en su sala, copa en mano y el corazón a mil.
Esa noche los tres llevábamos ropa liviana frente al televisor. Yo intentaba disimular lo que me hacían con solo mirarlas.
Me invitaron a cenar, me contaron su vida swinger y cuando ella abrió el escote y me miró así, supe que esa noche iba a cambiar algo en mí.
Marcos apoyó la botella en la barra y dijo en voz alta lo que los dos llevaban días callando. El camarero fingió no escuchar.
Llevaba meses pensando en ella, en sus pies, en su boca. La fiesta de Halloween nos dio la noche que los dos buscábamos sin decirlo en voz alta.
Tenía 37 años, cuerpo de escándalo y casi un año de soledad acumulada. Cuando me eligió a mí en el gimnasio, entendí que algunas noches no se planean.
Me mandó una foto que solo se podía ver una vez. Cuando la abrí en el coche, frente a su portal, supe que esa noche iba a ser muy diferente.
Cuando entré por esa puerta con mi padre, no sabía qué esperar. Cuando salí, una hora después, ya no era el mismo chico que había entrado.
Siempre entrenaba sola, en silencio, sin mirar a nadie. Él llevaba tres meses mirándome a mí, y lo descubrí cuando ya era demasiado tarde para salir.
Andrés se fue al trabajo y yo bajé a la cocina sin ropa. Marcela estaba en la ventana con una taza de café y me miró de una forma que no era exactamente materna.
Llevaba meses fantaseando con él. Ese viernes, con mis padres fuera y la casa en silencio, tomé la decisión más atrevida de mi vida.
Dos amigos de toda la vida, dos parejas que lo compartían todo. Hasta que la curiosidad entre ellos empezó a ser más difícil de ignorar.
Abrí la puerta de la habitación y ahí estaba Renata: exactamente como en sus fotos, pero con los nervios a flor de piel que ninguna imagen captura.