La noche que accedí a su fantasía más oscura
Decirle que sí fue sencillo en la oscuridad del cuarto. Enfrentarme a ocho hombres desnudos en aquella sala privada fue otra historia.
Decirle que sí fue sencillo en la oscuridad del cuarto. Enfrentarme a ocho hombres desnudos en aquella sala privada fue otra historia.
Se quedó en el umbral del baño, todavía mojado, mirándome los pies en el aire. Yo entendí todo antes de que dijera una sola palabra.
Lo esperé en el aeropuerto con vestido rojo y la regla puesta. Pensé en avisarle. Cuando me besó, supe que ya no había vuelta atrás.
Cuando Valeria puso su mano en mi nuca y empujó hacia abajo, entendí que esa noche iba a cruzar una línea que ya no tendría vuelta atrás.
Habían pasado el día evitando nombrarlo. Cuando Marcos cerró la puerta del apartamento y preguntó si iban a dormir con su nueva pareja, nadie respondió primero.
Marco me dijo que cenaríamos con alguien. No me explicó quién. Cuando el hombre se levantó de la mesa, tranquilo y enorme, supe que esa noche no terminaría con los postres.
Sé que estoy soñando, pero el calor de sus manos en mi piel es demasiado real para ignorarlo. Y no quiero despertar todavía.
Cuando lo llamé para arreglar la chimenea, yo ya sabía que algo iba a pasar. Me lo dijo el calor en el pecho cada vez que sus ojos se detenían en mí.
Sofía me miró desde el sofá y dijo que tenían algo que proponerme. Rodrigo sonreía detrás de ella. Esa noche aprendí que confiar puede llevarte más lejos de lo que imaginas.
Cuando bajé la vista vi que sostenía el condón más grande entre los dedos. No era para mí. Y sin embargo no fui capaz de irme.
Detrás de la puerta de la bodega había otra sala. Y en ella, la mujer más discreta de la ciudad me esperaba con un atuendo que no dejaba dudas.
Llevaba media hora escuchándole renegar con sus compañeros de equipo. Las ganas de distraerle me pudieron, y me saqué la ropa sin hacer ruido.
Me dijo que cerrara los ojos, que tenía un chocolate para mí. Lo que sentí en mis labios no era exactamente chocolate.
Sigo sola en la cama, con los dedos entre las piernas y la cabeza llena de aquella noche en que me metí debajo de su escritorio sin avisar.
Sus mensajes llegaban siempre a la misma hora, cuando sabía que estaba solo. Cada palabra encendía una imagen que no podía quitarme de la cabeza.
Lo organicé yo misma: una noche de jacuzzi con mi amiga y mi novio. Pero a las tres de la madrugada desperté con algo que nunca esperé ver.
Cuando Héctor le puso la mano en la espalda a Sofía y ella no la retiró, entendí que ese viaje iba a ser distinto a todos los anteriores.
Sofía llevaba años imaginando cómo sería aquella noche. No imaginó que Camila estaría ahí, ni que Rodrigo tampoco querría que se fuera.
Necesitábamos el dinero. Por eso firmamos sin leer la letra chica de un contrato que nos mantendría en Praga seis semanas más de lo planeado.
Llevábamos meses sin tocarnos. Cuando por fin lo tuve sobre mí, supe que no íbamos a dormir esa noche, ni la siguiente, ni ninguna mientras pudiera evitarlo.