Reencontré en la cumbre a la chica que desvirgué
Pensé que era una excursionista cualquiera hasta que se quitó la gorra y reconocí, debajo de los siete años, a la chica que abandoné en una cama desordenada.
Pensé que era una excursionista cualquiera hasta que se quitó la gorra y reconocí, debajo de los siete años, a la chica que abandoné en una cama desordenada.
Tres días le bastaron a Lucía para volverse otra. Lo que pasó esa tarde en el club, sobre la mesa de madera, no se lo iba a contar a nadie.
Llevábamos diez años juntos y yo fantaseaba con compartirla. Cuando ella se mudó por trabajo, alguien más cumplió esa fantasía sin que yo lo supiera.
Ella era elegante, siempre impecable. Pero en esa pantalla vi otra versión de la madre de mi novio que jamás habría imaginado.
Bajé a la cocina inquieta, con la piel ardiendo después de un sueño extraño. Él estaba sin camisa frente a la estufa, y su olor lo cambió todo.
Llevaba semanas bajando con excusas. Él me miraba de reojo y desviaba la vista. Hasta que llegó un paquete que no cabía en el ascensor y todo cambió.
Tenía treinta años más que yo y la espiaba cada mañana cuando tendía la ropa. Sin imaginar que ella sabía exactamente lo que me hacía sentir.
Crucé la puerta sin nada bajo la capa de seda, solo mi máscara y la certeza de que nadie sabría mi nombre cuando saliera al amanecer.
Andrés me decía que el vecino nos miraba demasiado. Tenía razón. Pero esa tarde de agosto, cuando sonó el timbre y fui a abrir, me alegré de que él no estuviera.
Entré a su cuarto con una bandeja y ella me miró desde la cama, casi sin ropa, y preguntó: —¿Te gusta lo que ves? Algo en mí se despertó sin aviso.
Cada excusa para cruzar la sala era una provocación calculada. Cada roce, una promesa de lo que haríamos cuando por fin estuviéramos a solas.
Su perfume todavía me perseguía cuando abrí la tarjeta en el taxi. Una dirección en Recoleta. La puerta va a estar sin llave, me había dicho.
El padre de Samira le puso la mano en el muslo y Kamal supo que esa noche no iba a terminar como había imaginado.
No paré ni cuando vi al hombre acercarse por el sendero. Mi novio puso la mano en mi pelo, marcó el ritmo, y yo ya no podía dejar de hacer lo que estaba haciendo.
Pagó en efectivo, tomó la llave sin cruzar palabras y subió. La habitación estaba oscura y la pantalla parpadeaba, esperando. Diego sabía exactamente para qué había venido.
Cuando dejé caer el primer tacón debajo de la mesa, supe que esa cena no terminaría con un postre, sino con él rendido en silencio mientras la mesera nos miraba sonriendo.
El botón antipánico lo dejé sobre la almohada del catre. Las rejas me marcaban la espalda cuando su lengua bajó y yo supe que ya no era su abogada.
Cuando atendí el teléfono y escuché su voz supe que el viernes terminaríamos en una habitación con las cortinas cerradas y sus medias azules en el suelo.
Cada viernes la llevaba a casa fingiendo que solo eran amigos. Ella lo sabía. Él también. Pero ninguno se atrevía a decirlo.
Publicamos el anuncio sin saber qué esperar. Dos semanas después él llamó al timbre a las diez en punto, sin teléfono ni reloj, listo para servir.