Me pusieron de rodillas en el parque
Me agarraron por detrás sin que lo viera venir. En segundos estaba de rodillas en plena luz del día, con todo el parque mirando.
Me agarraron por detrás sin que lo viera venir. En segundos estaba de rodillas en plena luz del día, con todo el parque mirando.
Cuando entré al camión a revisar los palés, él subió detrás de mí. Nadie más estaba en la nave. Y los dos sabíamos exactamente qué iba a pasar.
Ella ya sabía cómo vestirse cuando me esperaba en la puerta. Sin ropa interior, el vestido corto, y esa sonrisa que prometía que la noche iba a ser larga.
Entró a la habitación de Diego con solo una tanguita negra bajo la bata. Él dormía. Ella se sentó en el borde de la cama y la mano se le fue sola.
Subí la escalera de metal con la pollera pegada al cuerpo y la mochila llena de billetes, sintiendo todas las miradas del taller trepando por mis piernas.
Era ginecólogo. Llevaba años durmiendo solo. Hasta la mañana en que una paciente entró al consultorio con la cara exacta de la muñeca que ocultaba en su cuarto.
Subió a mi moto con ese conjunto de cuero ajustado y me pidió que fuera despacio. Pero ninguno de los dos quería ir despacio esa noche.
Cuando abrí la puerta y lo vi ahí, con esa facha de niño bueno y los brazos marcados, supe que esa tarde iba a cambiar algo para los dos.
Subí al taller con el sobre en la mochila, los anteojos negros y la pollera al viento. Esa mañana yo no sabía que iba a salir de ahí siendo otra.
Había entrado a buscar el baño y se quedó parado en el umbral mirándome. Veinte años, cara de nervios, y una pregunta que no esperaba.
Cuando bajé al garaje, Valeria me esperaba con pantalones de cuero y una sonrisa que no tenía nada de maternal.
Llegué al chalet con un vestido discreto, sin saber que mi cuñado me esperaba en bermudas y que mi suegro tenía algo más que un refresco preparado.
A las once éramos dos amigos viendo fútbol. A las dos de la madrugada estaba arrodillada frente a él, decidida a cumplir hasta el último detalle de la apuesta.
A las cinco de la mañana, el pasillo de mi casa debería estar vacío. Pero ahí estaba yo, con la espalda en la pared, sin poder moverme ni querer hacerlo.
Cuando marcó la extensión de mantenimiento por segunda vez esa noche, ya sabía que no era para pedirle que limpiara nada.
Vivir enjaulada, obedecer sin preguntar, pertenecer por completo a alguien. Eso era lo que quería, y cuando me lo dieron, la realidad superó cualquier fantasía.
La Camila de las gafas grandes y la ropa holgada había desaparecido. En su lugar, una mujer que cortaba el aliento. Mi hermano y yo nos miramos sabiendo que ese verano sería distinto.
Dos cuerpos rotos y agradecidos, dos collares de cuero negro. Nadia creía que era la cazadora. Hasta que el comprador abrió el maletín.
El vestido rojo, la maleta en la puerta y la mirada de una mujer que ya había decidido. Natalia le dijo que volvería el domingo. Si él quería.
Cuando Rodrigo cruzó la puerta, Valentina lo miró con esa calma de quien sabe exactamente lo que tiene entre manos, y esa noche él tampoco era inocente.