Lo que pasó en la tienda con mi padre nunca debió pasar
Mi padre abrió el saco para que no pasara frío. No imaginé que esa noche, dentro de la tienda, su olor y sus manos iban a convertirse en lo único que importaba.
Mi padre abrió el saco para que no pasara frío. No imaginé que esa noche, dentro de la tienda, su olor y sus manos iban a convertirse en lo único que importaba.
Cuando Esteban subió primero esa noche, Carolina me miró desde la puerta esperando mi aprobación. Sabía que iba a verla con otro y era exactamente lo que quería.
Le dije que ya podía bañarse sola. Ella bajó la cabeza y susurró que aún tenía miedo. No imaginé hasta dónde llegaría esa ducha.
Guardé sus números en el cajón y supe que no los llamaría. Pero también supe que mi marido nunca volvería a tocarme como antes de aquella noche en alta mar.
Rodeé la cabaña por el lado del cuarto de bombas y vi la mano de mi mujer dentro del bóxer mojado de Marcos. Y no pude moverme de los arbustos.
A las nueve de la noche entré al gimnasio buscando a alguien que se atreviera a mirarme. Esa vez fueron tres, y supieron lo que llevaba debajo.
Dejé la taza en la mesita, me arrodillé al lado de la cama y entendí que esa mañana nada volvería a ser como antes en esta casa.
Abrí la puerta con la camisa empapada al pecho, sin imaginar que el desconocido del rellano vendría a por algo más que una toalla y mi ducha.
Doblaba ropa en el sofá cuando él apareció con la cerveza en la mano y esa sonrisa que no debería haberle devuelto. Y aun así, no apartó la mirada.
Subí al segundo piso, abrí la puerta del baño principal y allí estaba ella, dentro de la tina con el bebé, cubierta apenas por una fina capa de espuma.
Yo tenía dieciocho años y no había estado con nadie. La tía de mi madre terminó dormida a mi lado esa noche, y todo lo que creía saber sobre el deseo se rompió en silencio.
Bajé los escalones meneando la cadera y vi sus ojos clavados en mí en el reflejo del vidrio. No íbamos a desayunar: esa mañana íbamos a otro lugar.
Mi madre me había mandado a pedirle un par de huevos. Doña Marisol abrió la puerta en bata, con el pelo todavía mojado, y se quedó mirándome de un modo que jamás olvidaría.
Cuando vi lo que escondía en el fondo del canasto entendí que esa noche se la habían cogido. Lo que no esperaba era cuánto iba a divertirme con su confesión.
Pensé que era un ladrón. Pero el hombre desnudo contra el portón, a las tres de la madrugada, era mi propio hermano. Y alguien más me miraba desde el segundo piso.
Rompí el vestido, tiré un zapato y me restregué los muslos hasta dejarlos rojos. Cuando lo llamé llorando desde la cabina, supe que vendría sin pensarlo.
Cuando la vi bajar del camión con la mochila rosa al hombro, entendí que ella ya lo tenía todo decidido, y que yo solo iba a cumplir mi parte del trato.
Cuando salí del baño esa tarde, lo vi sacar la mano de entre sus pantalones. Y el televisor estaba más bajo que de costumbre. No fue casualidad.
Le dejé la tanga en su mano con un beso y crucé el salón hacia el desconocido al que me había desafiado a seducir. Cuando volví, mi marido ya no era el mismo.
Cuando la puerta del cubículo se abrió, supe que ya no había vuelta atrás. Sonreía como alguien que acababa de ganar una apuesta larga y yo apenas podía respirar.