Vendí mi alma para enamorar a mi vecino
Llevaba meses cruzándome con él en el ascensor, sabiendo que era imposible. Esa noche encontré un cartel amarillo con un número y la promesa de un amarre.
Llevaba meses cruzándome con él en el ascensor, sabiendo que era imposible. Esa noche encontré un cartel amarillo con un número y la promesa de un amarre.
La puerta había quedado entornada. Cuando me incorporé sobre la mesa, vi a mi hermano pequeño mirando desde el pasillo. No se atrevía a entrar.
Encendí el celular, abrí apenas las cortinas y esperé a que su sombra cruzara la ventana mientras yo me quedaba desnuda frente al espejo.
Llevaba quince años casada y nunca había mirado a otro hombre. Hasta que Lorenzo le ofreció enseñarle su taller a las siete de la mañana y cerró la puerta con llave.
Cuando me asomé por la cerradura y la vi de rodillas frente a él, supe que el morbo había vencido al orgullo mucho antes que aquella noche.
Cuando él me ató el antifaz negro y abrió la puerta del reservado, no imaginé que detrás de una de aquellas máscaras me esperaba alguien que conocía desde la infancia.
Lo escuché tras la puerta entreabierta: el obrero se cogía a la secretaria en el almacén. Esa tarde volví a la oficina por algo más que documentos.
Llevábamos un día perfecto cuando vino a sentarse en mis rodillas. No imaginé que un roce, una curiosidad y un descuido mío borrarían la línea entre padre e hija.
Cuando sonó el timbre a las nueve y media, supe que esa noche con mis compañeros no terminaba ahí. Entraron dos hombres y mi amante les hizo una propuesta que me dejó muda.
El convoy del príncipe entró sin avisar entre las grúas. Bajó del segundo coche, se quitó las gafas oscuras y supe que aquellos tres meses de silencio iban a romperse esta misma noche.
Me asomé por la persiana sin hacer ruido. Lo que vi me dejó sin aire: mi marido no estaba solo, y la mujer que tenía debajo me era demasiado conocida.
Sonó el timbre a las siete y media y supe que mi matrimonio acababa de cambiar para siempre. Ella bajó las escaleras sin sujetador, los miró y sonrió.
Camila se fue a probar un vestido a otra tienda y me dejó solo con su madre. Cuando entramos al baño del centro comercial, ya no había forma de fingir que no había mirado todo el día.
Cuando entró sin avisar, echó el pestillo y se colocó a mi lado frente al espejo, supe que las semanas de miradas furtivas iban a estallar al fin.
Llevábamos meses jugando con los límites de nuestra amistad, pero esa tarde, a solas en su cuarto, me preguntó si podía meterla y no supe decir que no.
Tres meses chateando con un desconocido que tampoco se animaba a confesarle a nadie lo que quería. Aquella tarde en el patio de comidas todo cambió.
Cuando abrí la puerta no venía solo: detrás de él, con esa sonrisa ensayada de chapero, traía a un hombre al que yo no había visto en mi vida por el barrio.
Crucé la puerta equivocada en la finca y la vi de espaldas, en encaje blanco, frente al espejo. Lo que no debía mirar fue lo único que pude mirar.
Llevaba meses mintiendo a Mateo y, cuando entendió que lo sabía todo, no me derrumbé. Me puse el vestido azul, salí de casa y crucé la ciudad para encontrarme con Adrián.
Le pregunté inocentemente si había sido su mejor amante. Su risa fue la primera señal de que no debía haber abierto la boca aquella madrugada.