Mi prima Lorena y la siesta que lo cambió todo
Estábamos solos esa siesta de marzo, ella todavía con el uniforme puesto. No sé cómo pasamos de hacernos cosquillas en el sofá a otra cosa.
Estábamos solos esa siesta de marzo, ella todavía con el uniforme puesto. No sé cómo pasamos de hacernos cosquillas en el sofá a otra cosa.
Era el director invisible de una obra prohibida: vi a mi mujer transformarse frente al pintor sabiendo que yo la espiaba desde el otro lado de la cámara.
Volví de meses en la Patagonia y la encontré sentada en la cocina a la una de la mañana, con una copa en la mano y esa mirada que prometía pelea.
Bajé del avión sabiendo que tendría que mirarlo a los ojos. Lo que no sabía es que esa misma noche, entre lágrimas, iba a pedirle algo que jamás me atreví a decir.
La conocía cerrada, intocable, la chica que durante un año me dijo que no a todo. Esa noche, semanas antes de mi boda, se arrodilló frente a mí.
Estaba enamorado de Lara, pero cada vez que mis amigos me miraban de aquella forma, algo dentro de mí se rendía sin remedio.
Eran las tres cuando su mano se posó sobre la mía bajo las cobijas. Su primo dormía a medio metro y mi corazón latía tan fuerte que pensé que despertaría a toda la casa.
Cuando levanté la vista entre los pastos, dos faros se apagaron a treinta metros. Adentro del coche, una sombra inmóvil no dejaba de mirarnos.
La idea cruzó por mi mente mientras él me sostenía contra la cama, y supe que apenas la dijera en voz alta nada volvería a ser igual entre nosotros.
Cuando la vi entrar al trabajo con los mismos leggings negros del día anterior, supe que esa jornada no iba a terminar como las otras. Tampoco como yo creía.
Cuando Camila salió del cuarto disfrazada de diabla con un tridente en la mano, supe que esa noche no íbamos a dormir vírgenes.
Estaba medio dormida, con el camisón hasta la cintura, cuando vi en el espejo del tocador la silueta del hombre asomado a mi ventana.
Llevaba todo el verano esperando a que se vaciara la cala. La encontré desierta, sí, pero el viento me trajo unos gemidos detrás de las dunas que tuve que buscar.
Subí al asiento trasero con un vestido demasiado corto. Cada vez que cruzaba las piernas, sus ojos volvían al espejo. Decidí no acomodarme la falda.
Mi marido no soportaba verme así, distante de mi propio cuerpo. Pidió ayuda al ginecólogo. Lo que recetó esa noche cambió todo entre los tres.
Cuando subí a la biblioteca a buscar unos legajos, no esperaba sentir las manos de mi hermanastro sujetándome la cintura como si tuviera derecho a hacerlo.
Aquella noche la dejé en la puerta del bar con su antiguo amante, me senté tres mesas más allá y vi cómo se besaban como si yo no estuviera ahí, observando cada gesto.
Llegué al hotel del norte con la idea de descansar antes del trabajo. Esa misma noche, sentada frente a él en bata, supe que no íbamos a dormir hasta el amanecer.
Llevaba años cargando una asignatura pendiente desde la adolescencia. Cuando se lo conté a Mariana esperaba lágrimas; no esperaba que sonriera y me hiciera esa propuesta.
Aquella noche de septiembre, su marido había salido con sus colegas y ella se creía sola. Yo, en la terraza contigua, descubrí mucho más que una vecina aburrida.