Lo que hicimos para cruzar el mar
Cuando el contrabandista nos dijo el precio, todos nos miramos. No eran joyas ni dinero. Éramos nosotros, nuestros cuerpos, doce horas al día frente a sus cámaras.
Cuando el contrabandista nos dijo el precio, todos nos miramos. No eran joyas ni dinero. Éramos nosotros, nuestros cuerpos, doce horas al día frente a sus cámaras.
Cuando la tapé con la manta y mi mano rozó sin querer la curva de su cadera, supe que iba a tardar mucho en apartarla de ahí.
Cuando gritó mi nombre en el parking para que todos la oyeran, supe que la semana entera de tensión en la oficina estaba a punto de explotar.
Cuando el paquete llegó con la muñeca equivocada, el doctor estuvo a punto de devolverla. Entonces entró su nueva paciente y todo cambió.
Doblaba ropa en el sofá cuando él apareció con la cerveza en la mano y esa sonrisa que no debería haberle devuelto. Y aun así, no apartó la mirada.
Abrí la puerta con la camisa empapada al pecho, sin imaginar que el desconocido del rellano vendría a por algo más que una toalla y mi ducha.
Dejé la taza en la mesita, me arrodillé al lado de la cama y entendí que esa mañana nada volvería a ser como antes en esta casa.
A las nueve de la noche entré al gimnasio buscando a alguien que se atreviera a mirarme. Esa vez fueron tres, y supieron lo que llevaba debajo.
Rodeé la cabaña por el lado del cuarto de bombas y vi la mano de mi mujer dentro del bóxer mojado de Marcos. Y no pude moverme de los arbustos.
Guardé sus números en el cajón y supe que no los llamaría. Pero también supe que mi marido nunca volvería a tocarme como antes de aquella noche en alta mar.
Le dije que ya podía bañarse sola. Ella bajó la cabeza y susurró que aún tenía miedo. No imaginé hasta dónde llegaría esa ducha.
Cuando Esteban subió primero esa noche, Carolina me miró desde la puerta esperando mi aprobación. Sabía que iba a verla con otro y era exactamente lo que quería.
Mi padre abrió el saco para que no pasara frío. No imaginé que esa noche, dentro de la tienda, su olor y sus manos iban a convertirse en lo único que importaba.
Le pregunté inocentemente si había sido su mejor amante. Su risa fue la primera señal de que no debía haber abierto la boca aquella madrugada.
Llevaba meses mintiendo a Mateo y, cuando entendió que lo sabía todo, no me derrumbé. Me puse el vestido azul, salí de casa y crucé la ciudad para encontrarme con Adrián.
Crucé la puerta equivocada en la finca y la vi de espaldas, en encaje blanco, frente al espejo. Lo que no debía mirar fue lo único que pude mirar.
Cuando abrí la puerta no venía solo: detrás de él, con esa sonrisa ensayada de chapero, traía a un hombre al que yo no había visto en mi vida por el barrio.
Tres meses chateando con un desconocido que tampoco se animaba a confesarle a nadie lo que quería. Aquella tarde en el patio de comidas todo cambió.
Llevábamos meses jugando con los límites de nuestra amistad, pero esa tarde, a solas en su cuarto, me preguntó si podía meterla y no supe decir que no.
Cuando entró sin avisar, echó el pestillo y se colocó a mi lado frente al espejo, supe que las semanas de miradas furtivas iban a estallar al fin.