Ella sabía que yo la miraba y lo disfrutaba
Era la novia de mi mejor amigo y sabía perfectamente el efecto que causaba en mí. Cada falda, cada escote era un mensaje que solo yo recibía.
Era la novia de mi mejor amigo y sabía perfectamente el efecto que causaba en mí. Cada falda, cada escote era un mensaje que solo yo recibía.
Subí a la azotea sin que ella lo supiera. Abajo, con la camiseta mojada pegada al cuerpo, mi madre colgaba ropa interior para que el obrero de al lado la viera bien.
Llevaba meses ignorando sus miradas en el espejo. Esa noche me quedé sola bajo la lluvia y él fue el único que apareció.
Me detuve a mitad de la escalera. La puerta estaba abierta y lo que vi me dejó sin palabras: mi mujer, de rodillas, entre las piernas de mi hermana.
Me amenazó con acusarme si yo hablaba. Tenía el teléfono en la mano y una seguridad calculada. No contó con que yo tampoco tenía nada que perder.
Mi madre abrió la puerta del probador sin avisar. Lo que encontró al otro lado cambió todo entre nosotros, aunque ninguno supo nombrarlo esa tarde.
Estábamos desnudas cuando el timbre sonó. Camila salió a abrir y yo me vestí a toda prisa. Lo que vino después lo cambió todo entre nosotras.
Tenía cuarenta y ocho años, esposa, tres hijos y ninguna duda sobre quién era. Todo eso cambió el día que un chico joven me pidió que lo llevara al metro.
Eran primos, se veían poco, y esa noche estaban solos en el salón mientras todos dormían. No debía pasar nada. Casi no pasó.
Llevaba semanas hablando con él en la app, pero hasta esa noche nunca habíamos quedado. Tenía la imagen de su cuerpo grabada y una erección que no me dejaba pensar.
Mientras ella cruzaba la calle con la comida que le llevaría a mi hermano, yo la veía alejarse sabiendo exactamente lo que tenía planeado. Y lo que no llevaba puesto.
Llegamos al hotel como madre e hijo, fingiendo ser amantes. Para el domingo ya no era fingir.
Ella nunca había estado con nadie. Yo era su primo. Lo que empezó como una reunión familiar terminó de madrugada cuando me susurró que me había esperado toda la noche.
Dejé caer la sandalia sin que nadie lo viera. Mi pie buscó su pierna bajo la mesa y, cuando lo encontré, supe que ya no había vuelta atrás.
Llegué al templo con el cuerpo en llamas y la mente llena de imágenes que no debería haber tenido. Nada me preparó para lo que vendría.
Cuarenta y cinco años, barriga incipiente y un aparato de castidad que mi propia hija controla desde el otro lado de la barra. Esta es mi vida ahora.
Cuando corrió la cortina y puso mis manos sobre su cuerpo, entendí que mi prima había decidido que aquella tarde lo cambiaría todo entre nosotros.
Llevaba apenas una semana descubriendo el placer con otra mujer cuando la sobrina de mi marido llegó a la puerta. No lo pensé. La besé.
Tardé dos segundos en reconocerlo al otro lado de la barra. Llevaba falda entallada y medias de red, y estaba dejándose tocar por un desconocido.
Me tocó dormir en el suelo de mi propio cuarto. Mi hermana y su marido estaban en la cama. Llevábamos meses esperando el momento. Esa noche fue el momento.