El pacto silencioso con mi compañera de piso
Llevábamos meses compartiendo techo cuando, una tarde, me miró tensar los hombros frente a la computadora y dijo algo que jamás olvidé: «Ven, tómate un rato para relajarte».
Llevábamos meses compartiendo techo cuando, una tarde, me miró tensar los hombros frente a la computadora y dijo algo que jamás olvidé: «Ven, tómate un rato para relajarte».
Lucía nunca contaba esa parte. Aquel jueves se vistió como ella sola sabía y supo que ese sobrino virgen no saldría de casa sin dejarle algo dentro.
El agua todavía me caía por la espalda cuando ella entró al baño sin llamar, con esa sonrisa torcida que llevaba semanas evitándome.
Llegué al bar con la carta doblada en el bolsillo, las manos sudorosas y un plug metálico recordándome que esa noche iba dispuesto a entregarme a él.
Estábamos solos esa siesta de marzo, ella todavía con el uniforme puesto. No sé cómo pasamos de hacernos cosquillas en el sofá a otra cosa.
Vi al chofer mirarnos por el retrovisor y, en vez de cubrirme, dejé que me bajara el top. A las tres de la mañana, mi ex y yo éramos un espectáculo gratis.
La conocía cerrada, intocable, la chica que durante un año me dijo que no a todo. Esa noche, semanas antes de mi boda, se arrodilló frente a mí.
Nunca me había fijado en otro hombre hasta que sus ojos se cruzaron con los míos en aquel bar. Tres copas después estaba en su casa, sin saber qué hacer con las manos.
Aquel mensaje cualquiera en su pantalla destapó el trato que habíamos firmado meses antes: experimentarlo todo, sin secretos, hasta donde nuestra calentura aguantara.
Aquella noche la dejé en la puerta del bar con su antiguo amante, me senté tres mesas más allá y vi cómo se besaban como si yo no estuviera ahí, observando cada gesto.
Cada vez que entro a un probador, dejo la cortina apenas abierta. La que mira al otro lado nunca se entera de que la estoy buscando. Y casi siempre alguna acepta el juego.
Entré desnudo y caminé entre cuerpos sin saber qué buscaba. Cuando subí a la hamaca con un vaso de vino, un hombre de cuarenta años se acomodó al lado y me preguntó si me molestaba.
Bajé al salón pasada la medianoche y los vi a los dos, sin ropa, sobre el sofá. Mi madre giró la cabeza y no había vergüenza, solo molestia.
Le pedí que palpara los músculos de mi cuello para estudiar anatomía. No esperaba que terminara la lección girándome la cara y besándome como si llevara años con esas ganas.
Su rodilla se movía contra mi cadera en la oscuridad y, cuando giré para besarla, descubrí que la cama del otro lado del cuarto también se agitaba en silencio.
A los veinte yo ya lo sabía todo; ella, en cambio, todavía se sonrojaba con un beso. Hasta que su primer 14 de febrero la convirtió en otra mujer.
Cuando entendí que lo que me calentaba no era mirar sino que me mirasen, busqué el galpón vacío detrás de mi casa una Nochevieja, y dejé caer las bragas a propósito.
Catalina entró en la habitación a las tres de la madrugada, se quitó el vestido sin mirarme y dijo que no quería dormir sola con tanto frío.
Llegué agotada, esperando las manos de siempre. La que abrió la puerta no era ella. Era un desconocido alto, de voz baja, y lo que pasó después aún se lo cuento a mi marido.
Eran las dos de la mañana, abrí la ventana buscando aire y la vi tendida en el sofá del salón de enfrente, sin la menor idea de que alguien la miraba.