Camila volvió al motel y me confesó un secreto
La recogí en la misma esquina de la otra vez. Subió al auto, me besó la mejilla con timidez y supe que esa tarde iba a iniciarla en algo nuevo.
La recogí en la misma esquina de la otra vez. Subió al auto, me besó la mejilla con timidez y supe que esa tarde iba a iniciarla en algo nuevo.
Camila temblaba cuando abrió la puerta de la suite. Me dijo que me había elegido a mí para ser el primero, pero sus manos frías delataban que no estaba lista del todo.
La terraza acristalada deja ver mi silueta hacia fuera. Esa mañana, mientras tendía la ropa desnudo, oí dos voces de chicas riéndose justo debajo de mi ventana.
Subí al baño con la ropa interior de Camila aún tibia entre las manos. No imaginaba que minutos después su madre estaría arrodillada frente a mí.
Cuando me abrió la puerta solo con la camisa puesta, supe que esa tarde no íbamos a hablar mucho. Y no me equivoqué ni un poco.
Tres amigas, una pista de baile y una decisión que cambió la madrugada. Esto fue lo que pasó cuando dejé de buscar a Renata y la encontré justo donde no debía mirar.
Bajé descalzo a tomar agua y la encontré tirada en el sofá, con las piernas apoyadas en el respaldo. Nunca giró la cabeza. Yo no me moví.
Cuando crucé el umbral de su departamento supe que no iba a salir igual de como había entrado. Llevábamos tres semanas separados y todavía olía a él toda la casa.
Aquella tarde, mientras la película seguía sonando de fondo, su mano sudada buscó la mía bajo la manta y supe que algo entre nosotros iba a cambiar para siempre.
La primera vez que encontré la envoltura en el cesto pensé que me había equivocado. La cuarta vez ya sabía exactamente qué estaba pasando en ese cuarto.
Llevaba dos horas mirándola sin disimulo y ella lo sabía. Cuando me pidió subir al tercer piso a buscar guirnaldas, supe que esa Navidad no iba a ser como las demás.
Era el chico invisible del barrio y ella, la chica más linda. Cada martes, mientras los demás jugaban en el parque, me esperaba en la bodega del fondo del jardín.
Creí que Sonia era pasado. Hasta que la vi bajar de aquel coche con un carrito, y comprendí que nada había terminado del modo que yo pensaba.
Llevaba meses fantaseando con él. Ese viernes, con mis padres fuera y la casa en silencio, tomé la decisión más atrevida de mi vida.
Cuando ella apagó la luz y me dijo que hiciera lo que quisiera, entendí que esa noche iba a aprender todo lo que ningún compañero de curso me había podido enseñar.
No recuerda mucho de esa noche. Solo el dolor al despertar y la certeza de que algo había cambiado para siempre en él.
Durante el trayecto apoyó la mano en mi muslo y no la retiró. En la cena me miró como si yo fuera el postre. Subir al ascensor fue solo cuestión de tiempo.
Llega, me da la vuelta y me baja el pantalón. Sin decir nada. Así empezó todo, y así sigue funcionando desde entonces.
Ella tenía 67 años y la sonrisa de quien ya lo ha visto todo. Cuando la llevé a la cama esa noche de nochevieja, no calculé que me quedaría mirándola durante horas.
Cuatro semanas mirándola moverse entre las mesas, deseando lo que no me atrevía a nombrar. Después de eso, nada volvió a ser igual.