Lo que callé meses antes de aquella noche de diciembre
Cada viernes la llevaba a casa fingiendo que solo eran amigos. Ella lo sabía. Él también. Pero ninguno se atrevía a decirlo.
Cada viernes la llevaba a casa fingiendo que solo eran amigos. Ella lo sabía. Él también. Pero ninguno se atrevía a decirlo.
Cuando la vela se apagó pensé que era mi marido quien me tocaba. Cuando volvió la luz, entendí que todo había sido planeado mucho antes de esa noche.
Llevaba una hora mirando el techo mientras Camila dormía a mi lado. No pude aguantar más y empecé a tocarla, muy despacio.
La vela se consumió. La oscuridad fue absoluta. Y entonces noté una mano subiendo por mi muslo que no era la de mi marido. Fue solo un segundo, pero lo cambió todo.
Tenía diecinueve años, las manos le temblaban y me pidió que le enseñara. Yo tenía treinta y ocho, una bata de seda y toda la noche por delante.
Salió de casa sin ropa interior, con una falda de cuero y la certeza de que ese día no iba a ser como los demás. No se equivocó.
Necesitaba sentirme deseada. Bastó encender la cámara y dejar que los ojos de cientos de extraños me recordaran lo que valía.
Nada más salir del parking deslizó su mano y cerró los ojos. Yo busqué un camino sin salida. Llevábamos toda una semana sin poder tocarnos.
Sus gafas ocultaban algo que tardé años en descifrar. Cuando por fin la encontré sola en la barra, supe que las miradas habían sido solo el principio.
Apenas salimos del aparcamiento, ella se desabrochó el botón del pantalón y susurró: busca un descampado, un callejón, lo que sea. No puedo llegar así a casa.
Llevaba meses ignorando sus miradas. Esa noche, por alguna razón que todavía no entiendo bien, decidí no seguir caminando.
El odio entre Remedios y Amparo llevaba doce años pudriéndose. Sus hijas heredaron la guerra, pero esa noche el rencor encontró otra salida.
Cuando escuché sus pasos en la capilla a medianoche, supe que todo lo que había jurado ante Dios estaba a punto de arder.
Me arrimé desnuda contra su espalda, apreté mis pechos contra él y esperé. Nada. Ni un suspiro, ni una mano, ni una palabra. Solo el ruido del reloj.
Llevaba tres días con ese calor que crece y no para. Me puse las sandalias de aguja, el vestido de red y esperé. Cuando sonó el timbre, ya temblaba.
El día que Clara entró en mi casa sin avisar, comprendí que el único espacio limpio que me quedaba ya no me pertenecía.
Estábamos sentados frente a frente en el rincón más discreto del restaurante. Nadie podía imaginar lo que yo estaba haciendo con mis pies por debajo de esa mesa.
Su mano subió por mi muslo justo cuando en la pantalla él la empujaba contra la pared. No hizo falta que dijera nada: ya había leído todo en mi respiración.
Lo llamaban la Bestia. Cuando aparcó su camión frente a la venta aquella tarde, nadie sospechaba lo que iba a ocurrir esa semana.
Llevábamos cuatro meses viéndonos por cámara. Esa noche de diciembre, por fin estaba frente a mí en carne y hueso, dentro de una habitación que olía a lo que iba a pasar.