Lo que mi hijastra despertó en mí esa tarde
Entré a su cuarto con una bandeja y ella me miró desde la cama, casi sin ropa, y preguntó: —¿Te gusta lo que ves? Algo en mí se despertó sin aviso.
Entré a su cuarto con una bandeja y ella me miró desde la cama, casi sin ropa, y preguntó: —¿Te gusta lo que ves? Algo en mí se despertó sin aviso.
Cada excusa para cruzar la sala era una provocación calculada. Cada roce, una promesa de lo que haríamos cuando por fin estuviéramos a solas.
Su perfume todavía me perseguía cuando abrí la tarjeta en el taxi. Una dirección en Recoleta. La puerta va a estar sin llave, me había dicho.
Me conecté al chat sin esperar mucho. Cuando vi su nick reconocí que ya nos habíamos visto. Le mandé el nombre del hotel y, diez minutos después, alguien tocó la puerta.
Camila apenas había estado con alguien cuando la presenté con el jefe. Esa madrugada los cuatro descubrimos que la oficina nunca volvería a ser un sitio neutral.
Nunca le di un like. Nunca le escribí. Pero sus relatos me perseguían hasta la cama, y una noche entendí que ya no podía seguir ignorando lo que sentía.
Propuso echar un polvo mirando el horizonte, con el campo solo para nosotros y la luz del atardecer cayendo lenta. No lo dudé ni un segundo.
Entré con ella pensando en comprar lubricante. Salí sabiendo que Laura era capaz de cosas que ni en mis fantasías más intensas había imaginado.
Diez años sin verse y bastó una cena con champán para que todo lo que había entre ellas saliera a la luz. Algunas amistades esconden algo más.
Solo era un ejercicio de rehabilitación, pero cuando Sofía apoyó sus caderas contra mis piernas y tiró de mis brazos, supe que algo iba a salir mal.
La luz azul del monitor, los auriculares puestos y mi boca bajando despacio por su cuerpo mientras él trataba de que nadie en la partida se diera cuenta.
Subí al barco en Colonia con la excusa del descanso. Lo que encontré en aquel grupo fue algo que no había sabido pedir antes.
Cuando Marcos me llamó con «el plan perfecto», no imaginé terminar sin camisa apostando todo a una carta. Esa noche fue más de lo que cualquiera esperaba.
Cuando la invité a mi departamento creí que tendría el control. Su mirada cambió en cuanto cerré la puerta y supe que me había equivocado.
Bajé por una botella de agua a las tres de la madrugada y allí estaba ella, sorbiendo un café con las dos manos como si la taza fuera lo único que la mantenía despierta.
Llegué a casa de sus padres y la vi en la puerta con ese vestido corto que me volvía loco. Sin nada debajo. Exactamente como le había pedido.
Cada vez que entraba en su bar, sus ojos buscaban los míos por encima de las gafas. Aquella tarde decidí que ya no podía seguir fingiendo que no me daba cuenta.
Cuando dejé caer el primer tacón debajo de la mesa, supe que esa cena no terminaría con un postre, sino con él rendido en silencio mientras la mesera nos miraba sonriendo.
El botón antipánico lo dejé sobre la almohada del catre. Las rejas me marcaban la espalda cuando su lengua bajó y yo supe que ya no era su abogada.
Cuando atendí el teléfono y escuché su voz supe que el viernes terminaríamos en una habitación con las cortinas cerradas y sus medias azules en el suelo.