Ella organizó todo para que él también lo probara
Llegué a su apartamento a la hora acordada. Él me abrió la puerta en bata; ella bajó después, nerviosa y emocionada. La noche sería larga.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Llegué a su apartamento a la hora acordada. Él me abrió la puerta en bata; ella bajó después, nerviosa y emocionada. La noche sería larga.
Diego me escribía mensajes cariñosos mientras yo, dentro de ese jacuzzi, sentía las manos de Sergio en mi cintura y empujaba el culo contra él.
Cuando la lona se abrió en mitad de la noche, supimos que lo que había empezado entre nosotras iba a convertirse en algo mucho más.
Cuatro hombres empapados en su puerta, la noche más oscura del invierno y una soledad de años a punto de romperse.
Mi hijo organizó la velada sin decirme sus planes. Lo entendí cuando se llevó a su invitada al dormitorio y me dejó a solas con su amigo en el sofá.
Era el partido de siempre, las cañas de siempre, los vestuarios de siempre. Hasta que Patricia dejó caer la toalla y todo cambió para los cuatro.
Tres meses sin vernos y en cuanto bajó del avión supe que algo iba a pasar. Lo que no calculé fue que esa noche habría testigos en la playa.
Eran amigos de años. Todos con pareja, todos celosos, convencidos de que esa noche era una cena más. Entonces Daniela sacó la baraja.
Roberto llevaba meses en ayuno sexual forzado. Esa noche en Sevilla, Valeria prometió cambiar las reglas. Nadie esperaba lo que haría Natalia.
Alguien me estaba tocando en la oscuridad, con una lentitud que no tenía nada de urgente. Abrí los ojos y la voz de Valeria me dijo: «¿Te está gustando, amor?».
Éramos cuatro travestis en nochevieja, sin familia, sin pareja. Nadie esperaba que la noche terminara así. Sofía menos que nadie.
Rodrigo se acercó al sofá donde mi marido estaba solo y le dijo: «mi novia lleva media hora mirándote». Lo que siguió no fue predecible para ninguno de los cuatro.
Cuando Rafael ordenó que me quitara la blusa, los otros dos hombres en la sala no se movieron. Nadie protestó. Nadie apartó la mirada. Eso era lo que él quería que supiera.
Llevaba años ocultando esa parte de mí, pero con ella era distinto. Cuando me dijo que quería vernos, supe que no había forma de decirle que no.
El ático tenía doscientos metros cuadrados, seis personas con ganas de explorar y una botella de Jäger que empezó a rodar sin que nadie la detuviera.
El marido se acercó a Nuria con voz tranquila y una petición que llevaba años queriendo hacer: quería ver cómo otro hombre se acostaba con su mujer mientras él observaba.
Sofía llegó a casa con una propuesta que no esperaba: su amiga Valentina necesitaba sentir un hombre, y yo era la solución. Tardé dos días en decir que sí.
Diana llegó con su marido aparentando timidez. En cuanto me buscó con la mirada desde el sillón, entendí que esa noche no iba a olvidar.
Elena apoyó la cabeza en el borde del jacuzzi y sus pechos emergieron entre las burbujas. El tipo de la autocaravana de al lado llevaba rato sin disimular.
Sandra y yo los encontramos en el jacuzzi. Pablo estaba follando a Lucía, mi chica, sin haberse dado cuenta de que teníamos público. La noche todavía no había empezado de verdad.