La cena con una pareja que acabó siendo un trío
Rebeca empezó a bailar en el centro del salón y yo dejé de pensar en la cena. Marcos nos miraba desde el sofá con los ojos encendidos.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Rebeca empezó a bailar en el centro del salón y yo dejé de pensar en la cena. Marcos nos miraba desde el sofá con los ojos encendidos.
Los conocía de cuando salía con su hija. Años después los encontré en la costa y algo en la mirada de Valeria me dijo que ese verano sería diferente.
Llevábamos meses sin la misma chispa cuando ella decidió contarme una historia que había guardado por vergüenza. No imaginé que eso abriría una puerta que ya nunca cerraríamos.
La puerta se abrió sin avisar y supe que era ella por el perfume. Mi hermana ya se metía entre las sábanas y susurraba que pensaba que nunca iba a dormirme.
Subí al banquillo y miré por el cristal de la banderola: mi hermano sostenía las piernas de mi mujer en el aire. Yo solo había bajado por un vaso de agua.
Bajé al salón pensando que iba a ser una cena tranquila. Mi madre apareció con una falda corta, una camisa transparente y una baraja de cartas en la mano.
Crucé el umbral del palacio con la máscara dorada y el corazón galopando. Aquella noche, varias manos enmascaradas me esperaban mientras él miraba desde las sombras.
Mi esposo me lo había susurrado tantas veces en la cama que ya no sonaba a fantasía. Esa noche el profesor cruzó la puerta y todo se hizo real.
Las flores de Nora llegaban cada lunes a la oficina de Carla. Yo me decía que era admiración. La noche en que la invitamos a cenar, dejé de mentirme.
Cuando Sebastián colgó el teléfono y le guiñó un ojo, su esposa supo que el partido era la excusa. El director llegaría en veinte minutos, y el plan ya estaba listo.
Cuando los vi acercarse en la barra del bar, supe que la noche no iba a terminar como ellos imaginaban. Yo los había tocado a los dos antes que ellos se rozaran.
Cuando aquel chico se quitó la camiseta en nuestro salón, reconocí cada centímetro de su torso: era el cuerpo que Beatriz miraba en su pantalla a las tres de la mañana.
Cuando el sol empezó a hundirse, ella me pidió que me apartara y mirase. Y entonces se quitó la parte de arriba del biquini frente a sus dos amigas.
Bajé la mirada al ver mi falda más corta de lo prudente. Crucé las piernas en el taburete y, antes de que llegara el cóctel, sentía dos pares de ojos clavados en mi escote.
Se quedó dormida desnuda sobre la toalla y yo, sentado a su lado, descubrí que seis chicos jóvenes no le quitaban la vista de encima desde las rocas.
Cuando volví del baño, mis dos hermanos la tenían acorralada en el centro del salón, y en su mirada no había sorpresa: había una sonrisa que llevaba meses esperando ese momento.
Llegamos al noveno piso casi sin paciencia, ella borracha de deseo y yo dispuesto a todo. Lo que no esperaba era encontrar a su madre despierta, con la pantalla iluminada.
Aparecí desnuda en el salón sin avisar. Ellos levantaron la vista del televisor y supieron, antes de que yo dijera nada, que aquella tarde no se iba a parecer a ninguna otra.
Llegué con la camiseta pegada al cuerpo por el calor y ella abrió la puerta con esa sonrisa que llevaba años fingiendo no tener.
Cuando crucé el umbral del salón entendí que la sorpresa de mi suegro tenía nombre, vestido rojo y una sonrisa demasiado practicada para ser inocente.