La noche en que Rodrigo vendió a su mujer
Valentina reconoció a los tres hombres del comedor: los había saludado en fiestas de empresa. Esta noche, Rodrigo los había traído por otro motivo.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
Valentina reconoció a los tres hombres del comedor: los había saludado en fiestas de empresa. Esta noche, Rodrigo los había traído por otro motivo.
Llevaba meses aparcando en el fondo, lejos de las cámaras, diciéndose que era solo por comodidad. Su cuerpo sabía la verdad antes que ella.
Las palomitas se enfriaron pronto. Rodrigo fingía ver la película pero yo sabía que solo tenía ojos para lo que mis manos le hacían a mi novia bajo la manta.
Esa tarde en la playa supe que los cuatro nos miraban. Lo que no sabía era que esa noche todo lo que Roberto y yo habíamos imaginado iba a ocurrir.
Carmen me miró desde el otro lado de la cocina y, sin decir nada, cerró la distancia entre nosotros. Su hija estaba a cinco metros. Eso solo lo hacía más difícil de resistir.
Llevaba años con ese cajón cerrado con llave. Esa mañana lo encontré abierto, y dentro había un disco negro con el nombre de Sofía escrito en rotulador.
Sus gemidos atravesaban las paredes cada noche. Mi mujer y yo escuchábamos en silencio, sabiendo que algo había cambiado desde que Vera llegó.
Ella abrió la puerta con un vestido que no dejaba nada a la imaginación. Supe que esa cena no iba a ser como las otras, pero no imaginé hasta dónde llegaríamos.
Lo esperé con un whisky y muy poca ropa. Él no sabía que esa noche era apenas el inicio de un plan que llevaba semanas armando en silencio.
Cuando puso la mano en mi pierna y notó que algo había pasado, no dijo nada. Solo arrancó y guardó silencio. Ese silencio fue lo más excitante que sentí en años.
La tele puesta, las luces apagadas, una manta que nos cubría a los tres. Nadie dijo nada. Fue mi amigo quien movió primero la mano, despacio, como si llevara tiempo esperando ese momento.
Pedí agua con gas y él entendió todo. Quería cada caricia, cada mirada ajena, estar completamente lúcida para no perderme ni un instante.
Hacía días que Luciana había tenido su debut bisexual y ya pedía más. Lo que planeamos esa noche en Buenos Aires cambió todo para ella.
Marcos era voyeur y llevaba años queriendo verla con otro hombre. La tarde que lo intentaron por primera vez, dos desconocidos en un restaurante cambiaron todo.
La app en el móvil oculto decía tres hombres, un hotel, sin romanticismo. Solo tenía que escribir «sí». Lo hice antes de pensarlo dos veces.
Era la mujer de mi colega: cuarenta y pocos, un cuerpo que imponía desde el marco de la puerta. Esa noche también quiso elegir a los dos.
Resolví una crisis en aduanas y el cónsul me invitó a su residencia. No imaginé lo que me esperaba al fondo del jardín, ni lo que vendría después.
La primera vez lo dejamos mirar desde el rincón. Esta vez íbamos a hacerle participar, aunque ninguna podía imaginar lo lejos que llegaríamos.
Volvió del trote al atardecer y la encontró en las dunas. No estaba sola. Nunca lo había estado.
Cuando vi las luces de esa camioneta parpadeando en el estacionamiento, supe que el desayuno familiar iba a esperar.