Seis en la cabaña: el fin de semana que lo cambió todo
El chat ardía con fotos de lencería y promesas de fuego. Seis personas, tres parejas, una cabaña. Lo que pasó ese fin de semana no lo contamos a nadie más.
Relatos de encuentros grupales y placeres compartidos
El chat ardía con fotos de lencería y promesas de fuego. Seis personas, tres parejas, una cabaña. Lo que pasó ese fin de semana no lo contamos a nadie más.
Mientras ella cruzaba la calle con la comida que le llevaría a mi hermano, yo la veía alejarse sabiendo exactamente lo que tenía planeado. Y lo que no llevaba puesto.
El juego de parejas empezó con una apuesta inocente junto a la alberca. Al anochecer, ninguno recordaba con exactitud dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Elena nunca imaginó que esa confesión a la hora de la cena abriría una puerta que llevaba años entornada. No volvería a cerrarla.
Lo vi por primera vez al otro lado de la piscina, mientras Marcos firmaba papeles. Algo en su forma de mirarme me dijo que esa noche no iba a terminar como las demás.
Salimos seis al bar de Rosa. A las tres de la mañana seguíamos los mismos seis en casa de Valeria, pero ya nadie tenía ropa puesta.
Su culo pequeño y levantado fue lo primero que noté. Pero esa noche descubrí que Valeria tenía planes desde mucho antes de que empezara la barbacoa.
Llevaba meses enamorado de Andrés cuando me dijo que su ex vendría a cenar. No imaginé que esa noche acabaría proclamándolo nuestro rey entre los dos.
Cuando volví de la cocina y vi la mano de Marco sobre el muslo de Rodrigo, sentí unos celos que no supe si quería apagar o alimentar.
Llegamos sin saber qué nos esperaba. Salimos siendo distintos. Una finca, siete hombres y un desconocido que decidió que yo sería suya esa noche.
Natalia nunca había dormido conmigo en la misma habitación. Esa noche en Cartagena descubrí que tampoco le importaba estar sin ropa delante de mí.
Estaba sentado aparte mirando el agua con resignación. Era tímido, era virgen y era perfecto para lo que mi amiga y yo llevábamos pensando toda la tarde.
Laura despertó con el cuerpo pesado y un silencio extraño en el apartamento. La puerta del otro cuarto estaba entreabierta. Las camas, vacías.
Marcos lo dijo sin rodeos en aquella cafetería: quería dejarlo todo para estar con Valeria. Lo de anoche había sido demasiado real para fingir que no pasó.
Llegamos del trabajo, cerramos la puerta y nos olvidamos del mundo. Hasta que el mensaje de la prima de Vale apareció y cambiamos de conversación.
Dos chicos de veinte años colándose en casa de la vecina mientras se duchaba. Lo que ocurrió cuando los descubrió fue algo que ninguno olvidaría jamás.
Valeria y yo llevábamos días dando rodeos hasta que, solas junto a la piscina, empecé a contarle todo: lo del permiso de Marcos, lo de los clientes, lo de la playa.
Llevábamos semanas de miradas y roces en el gimnasio cuando Bruno me invitó a cenar. No esperaba lo que me iba a pedir sentado frente a mí, con Nadia esperando en el cuarto.
Cuando Valeria preguntó ¿cuándo empezamos? con esa sonrisa, entendí que la noche no tendría marcha atrás. Y ya no quería que la tuviera.
Jamás pensé que estar detrás de la cámara viendo a mi mejor amiga con otras dos mujeres iba a ser tan difícil de olvidar.