Mi vecino dejaba las cortinas abiertas para que mirara
La primera vez fue un accidente. Después, cada noche que él recibía visita yo movía el sillón a la ventana y dejaba que la mano bajara sola.
La primera vez fue un accidente. Después, cada noche que él recibía visita yo movía el sillón a la ventana y dejaba que la mano bajara sola.
A las doce de la noche, vestida con su minifalda más corta y la camisa blanca sin sostén, Carolina cruzó el jardín hacia el contenedor de los albañiles.
Subía los testículos, ajustaba la peluca y me convertía en otra persona a solas. Nunca imaginé que alguien llevaba meses observándome desde la ventana de enfrente.
Tres semanas sin saber de él y no aguanté más. Le escribí «holi» y su respuesta me recordó lo único que era para él: su puta obediente.
Abrí el cajón equivocado por error y descubrí que mi mejor amiga escondía cosas que yo ni siquiera sabía nombrar. Esa tarde, ella decidió explicármelas una por una.
Llevaba meses cruzándola por la mañana, cada uno con su pareja en casa. Esa mañana llovía a cántaros, ella salió sola, y la mirada que me devolvió lo cambió todo.
Revisé las cámaras de la terraza y descubrí que la hija de mi vecina llevaba semanas espiándonos en silencio detrás de las cortinas.
Eran las siete de la mañana, acababa de romper con mi novia por mensaje y la vecina seguía boca abajo en mi cama. No pensaba desperdiciar la mañana.
Cuando descubrí al vecino asomado tras la medianera, no me cubrí. Bajé el corpiño bajo la ducha del patio y dejé que viera todo lo que quisiera.
Bajé la luz del salón para que ella no me viera, pero cuando la sábana empezó a moverse bajo su cadera supe que esa noche no iba a dormir.
Bajé por agua a las dos de la madrugada y la luz azul del televisor me detuvo en seco. Mi hijo estaba en el sofá, y yo no pude apartar la mirada.
Una bata azul, un libro y un descuido. Bastó un segundo de mirar por la ventana de enfrente para que mi mañana cambiara para siempre.
Bajaba del ascensor con la escoba y la cara baja. Nadie en el edificio imaginaba que ese chico de Salta tenía mi número guardado, ni lo que iba a pasar un martes a las nueve.
Acababa de mudarme cuando vi a la chica del patio de al lado quitarse la toalla. No imaginaba que ella ya sabía exactamente dónde estaba yo.
Apagaba la luz de mi cuarto para verlo mejor sin que él me viera. Una madrugada giró la cabeza hacia mi ventana, sonrió, y entendí que yo nunca había sido la única que miraba.
Llevaba un mes en el pasaje cuando me tocó coordinar el ponche con la casa 207. No pensaba que la mujer que me abrió y su marido fueran a cambiar mi idea del deseo esa misma noche.
Mi paciente entró a la sesión con la voz quebrada y una propuesta: que filmara lo que su mujer hacía cada miércoles, cuando él fingía no estar en casa.
Llevaba un mes mirándola desde mi ventana sin atreverme a saludarla. Esa noche, la aplicación me asignó un domicilio en su misma puerta.
Iba con prisa hacia el portal, vi su melena oscura desde lejos y la abracé por detrás sin pensarlo dos veces. No era ella. Y aun así, no me apartó la mano.
Subí a la terraza con la última cerveza fría. Un coche aparcó debajo y no salieron. Entonces entendí por qué, y ya no pude apartar la vista de aquella ventanilla.