Lo que mi vecino vio a través de la cortina abierta
Crucé la sala para beber un vaso de agua sin recordar que las cortinas seguían abiertas. Al otro lado del cristal, sus ojos ya me habían encontrado.
Crucé la sala para beber un vaso de agua sin recordar que las cortinas seguían abiertas. Al otro lado del cristal, sus ojos ya me habían encontrado.
Tenía cuarenta y cuatro años, dos hijas y un divorcio reciente cuando la chica de la casa de enfrente me miró distinto y dijo lo que yo no me atrevía a pensar.
Crucé descalza el jardín de mi vecino casado con la minifalda más corta que tenía. Iba a entregarle lo que llevaba meses prometiéndole en silencio desde mi ventana.
Tenía veinte años, los bolsillos vacíos y una bombacha ajena guardada cuando él salió a fumar y empezó a hablar de un billete arrugado.
A las tres de la mañana escuché unos gemidos en el patio interior. Eran de ella. Y no era yo quien la hacía gemir así.
Cuando abrió el cajón de mi lencería y me miró la entrepierna, supe que aquella tarde de chicas no iba a terminar con la ropa puesta.
Aquella mañana, cuando entreabrí los ojos en el colchón pegado al balcón, ella ya estaba allí, en el suyo, fumando, esperando a que me girara.
La vieja vecina me regaló la foto de la traición antes de despedirme. Yo solo pensaba en la puerta de Sofía y en si me dejaría volver a su casa.
Lo vi reflejado en la ventana de enfrente, con los binoculares en una mano y el pantalón abierto en la otra. Entonces supe cómo iba a empezar mi mañana.
Llegué a su casa con el corazón en la garganta. Antes del primer café ya estábamos rompiendo el hielo con insultos cariñosos sobre la mesada de la cocina.
Cuando sentí su pecho velludo rozarme la espalda mientras alcanzaba una taza, supe que aquel piso compartido no iba a ser tan tranquilo como prometía el anuncio.
Subí sus cajas, le preparé un café y, antes de terminarlo, ya sabía que esa vecina iba a cambiar todas mis noches en aquel edificio.
Bajé la cremallera de la falda sin saber que él me observaba desde la ventana de enfrente. Lo que empezó como vergüenza se transformó en juego.
A las cuatro menos cinco yo estaba desnudo en el sillón, mirando la ventana de enfrente y esperando a que ella se asomara a cerrar la suya.
Llevaba años con esa parte de mí guardada en un cajón. Aquella tarde de calor, cuando Mariana sirvió la segunda copa y me sostuvo la mirada, supe que iba a sacarla.
Llamaron al timbre justo cuando ella terminaba de tender. Yo me escondí en el dormitorio y la vi salir a recibirlo sin nada puesto, solo unas cuñas y una sonrisa.
Cuando bajó al garaje con la excusa de un destornillador, Carolina ya sabía que no iba a subir igual. Hugo apagó el cigarro y la miró como nadie la miraba desde hacía años.
Cuando sonó el telefonillo, ella tenía mi cremallera abierta y yo no sabía dónde esconderme. Una hora antes, todo parecía un café inocente entre vecinos.
A las once en punto se enciende la luz de su dormitorio. Yo ya llevo media hora esperando en el sillón, desnuda, con el cortinado apenas corrido.
Me planté frente a ella con el pans gris sin nada debajo, sabiendo que el bulto se marcaba demasiado como para parecer un descuido inocente.