Lo que vi desde mi balcón aquella noche de agosto
El insomnio me llevó a la galería; lo que vi en el balcón de enfrente me dejó pegado a la ventana hasta que terminé con la mano dentro del pantalón.
El insomnio me llevó a la galería; lo que vi en el balcón de enfrente me dejó pegado a la ventana hasta que terminé con la mano dentro del pantalón.
Levanté los ojos del libro y ahí estaba, asomado a su ventana, sin camiseta, mirándome como si yo fuera el canal que llevaba toda la tarde esperando.
Cuando levanté la vista del vibrador, lo vi en la ventana de enfrente: cabeza rapada, torso desnudo y la mano moviéndose al mismo ritmo que la mía.
La primera vez que encontré la envoltura en el cesto pensé que me había equivocado. La cuarta vez ya sabía exactamente qué estaba pasando en ese cuarto.
Necesitaba sacarme a la hija de mi novia de la cabeza. Lo único que tenía a mano era un frasco vacío, una excusa estúpida y la puerta del loft del roof garden.
Era el chico invisible del barrio y ella, la chica más linda. Cada martes, mientras los demás jugaban en el parque, me esperaba en la bodega del fondo del jardín.
Subí con una desconocida y al cerrar la puerta supe que mi vecina ya estaba apostada detrás de la cortina, lista para ver cada detalle de lo que pasaría.
A las once menos cuarto ya estaba bajando las escaleras de mi piso. Antes de salir miré por la mirilla, por si veía a alguien. El rellano estaba vacío. Mejor así.
Le confesé que siempre me había quedado la duda de cómo besaba. Él sonrió, me agarró de la cintura, y la curiosidad de veinte años se deshizo contra mi boca.
Choqué con ella en la acera, todavía con resaca. Me invitó a tomar algo. Tres horas después supe por qué una mujer madura no tiene nada que ver con una chica.
Desde mi azotea tenía vista directa al patio de mi vecina. Llevaba semanas mirándola cuando noté algo raro en sus movimientos. Nunca imaginé lo que descubriría.
Salí corriendo en camisón, sin nada debajo, con el vibrador en la mano. La puerta dio un clic y supe que me había encerrado. En el pasillo ya había alguien.
Cuando ellas llegaron al edificio, mi vida gris encontró un foco. Lo que no esperaba era que ese foco terminaría consumiéndome por completo.
La puerta se abrió y Nadia me miró de arriba abajo con una sonrisa lenta. Detrás, Raquel cruzó los brazos. —Habla —dijo—. ¿Qué quieres?
Ella tenía 67 años y la sonrisa de quien ya lo ha visto todo. Cuando la llevé a la cama esa noche de nochevieja, no calculé que me quedaría mirándola durante horas.
Sofía llevaba semanas con esa mirada traviesa. Cuando me propuso que un extraño la viera tocarse por cámara mientras yo observaba en silencio, dije que sí sin dudarlo.
Cuando los demás seguían bebiendo, yo ya tenía a Andrés arrinconado en el callejón. Llevaba horas sin poder quitarle los ojos de encima.
Dos copas de vino, una bata de seda y el timbre a las diez de la noche. Era Ernesto, y esa mirada suya decía que no venía a pedir azúcar.
Ella llegó veinte minutos antes de la hora. Mi vecina seguía en el sofá. No tuve tiempo de nada: la puerta se abrió y todo empezó a desbordarse.
Subí con doce rosas rojas pensando en un final distinto. La encontré hundida sobre la mesa, rodeada de latas vacías y con el maquillaje deshecho.