El joven que me espió en el probador de lencería
Entré sola al probador con un body de encaje rojo en la mano. No sabía que del otro lado de la cortina un extraño esperaba el momento exacto para mirarme.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Entré sola al probador con un body de encaje rojo en la mano. No sabía que del otro lado de la cortina un extraño esperaba el momento exacto para mirarme.
Entré por un cruasán a las cuatro de la madrugada y los vi de pie, hombro con hombro, junto a la mesa del obrador. Mi padre no me oyó llegar.
Acababa de mudarme cuando vi a la chica del patio de al lado quitarse la toalla. No imaginaba que ella ya sabía exactamente dónde estaba yo.
Mis amigos paseaban riendo entre vitrinas. Yo me detuve frente a la suya y, por la forma en que me devolvió la mirada, supe que aquella noche no era para ellos.
La cámara queda grabando sobre la cómoda. Yo salgo con los niños a comprar caramelos y mi compadre se queda solo en mi cama con mi esposa.
Cuando vio la puerta entreabierta y reconoció a su hermana adentro, contra la pared, lo último que esperaba era quedarse mirando sin poder moverse.
Subí al despacho con la excusa del dolor de cabeza, pero lo único que me dolía era la curiosidad por saber qué harían en la piscina cuando creyeran que no los miraba nadie.
Mi madre tenía cuarenta años y un cuerpo que aún giraba cabezas. Una madrugada bajé por agua y entendí, asomado a la escalera, por qué Ricardo había vuelto.
Tenía cincuenta y dos años, un matrimonio tibio y unas medias de encaje que esa mañana decidió usar. Lo que no esperaba era el hombre que subiría dos paradas después.
Apagaba la luz de mi cuarto para verlo mejor sin que él me viera. Una madrugada giró la cabeza hacia mi ventana, sonrió, y entendí que yo nunca había sido la única que miraba.
Me dijo que iba a una fiesta con amigas. Yo entré disfrazado y terminé encerrado en un armario, viendo cómo se entregaba al cumpleañero a un metro de mí.
A las tres de la mañana le pedí que abriera la puerta de la tienda. Nunca pensé que ella diría que sí, ni mucho menos lo que vendría después en la playa.
La reconocí en cuanto cruzó el umbral. Esa chica de veintitrés años llevaba meses desnudándose para mí desde la pantalla y ni siquiera lo sabía.
Llevaba meses oyendo lo que él le hacía cada viernes. Esa tarde me llamó y me dijo que era hora de dejar de imaginarlo y verlo con mis ojos.
Llegó al aparcamiento sin saber qué esperar; cinco minutos después, un Clio gris frenó pegado al suyo y desde el cristal lo miraba una mujer que no había visto en su vida.
Cuando bajó del coche y todos los hombres del salón giraron la cabeza, entendí que esa noche mi esposa no era mía: era de quien se atreviera a mirarla.
La sala estaba casi vacía cuando empezó la película, y yo ya sabía que no iba a mirar la pantalla. Tenía otros planes para esa última fila.
Llevaba un mes en el pasaje cuando me tocó coordinar el ponche con la casa 207. No pensaba que la mujer que me abrió y su marido fueran a cambiar mi idea del deseo esa misma noche.
Apagué la música y pegué la oreja a la pared. Los gemidos de mi madre venían del otro lado, y entendí por qué se movía en silencio durante el día.
Me había acomodado en la arena cuando sentí su sombra detrás. No fingió disimulo: me recorrió entera con los ojos antes de hablar.