Lo que le hicimos al novio de mi mejor amiga
Cuando Sebastián entró a mi departamento, pensó que era el rey de la noche. No imaginaba que en mi cartera había algo que iba a invertir los roles antes del amanecer.
Cuando Sebastián entró a mi departamento, pensó que era el rey de la noche. No imaginaba que en mi cartera había algo que iba a invertir los roles antes del amanecer.
Se metió en su cama con la mano todavía oliendo a otro y le pidió al oído todos los detalles. Micaela ya estaba mojada antes de abrir la boca.
Nos sentamos frente a frente con un martini cada una. Una regla: vernos, hablarnos, olernos. Tocar, prohibido. Y ella tenía un cubito de hielo en la mano.
Al abrir la puerta del dormitorio, lo último que esperaba era ver a mi novia debajo de su amiga, con las piernas abiertas y una mirada que me prohibía entrar todavía.
Cuando me propuso quedar para «comparar notas» sobre él, dije que sí sin pensar. No imaginé que el primer beso lo daríamos en el sofá del fondo de la cafetería.
Rocío me juró que era un bar normal. Cuando vi que en la cola solo había mujeres entendí que no lo era, pero ya era tarde para arrepentirme.
Ella entró al baño mientras yo me duchaba. Propuso compartirla para ahorrar tiempo. Lo que vino después no lo planeó ninguna de las dos.
Fui a devolverle los quinientos pesos que metió en mi carpeta. No esperaba encontrarla llorando, ni quedarme hasta las seis de la mañana.
Limpiaba los despachos del pasillo cuando la encontré sola, con el escote abierto y el cuello tenso. Le ofrecí un masaje. Ninguna de las dos pensaba que llegaríamos tan lejos.
Cuando ayudamos a Rodrigo a acostarse y Andrés se quedó detrás de mí, supe que aquella noche no iba a terminar como debía.
Hacía días que Luciana había tenido su debut bisexual y ya pedía más. Lo que planeamos esa noche en Buenos Aires cambió todo para ella.
Daniela me pidió que la llevara a su colonia. Al llegar, dos vecinos tomaban cervezas afuera. Uno tenía un secreto que mi amiga ya sospechaba. Yo decidí comprobarlo.
Renata llegó a mi departamento con una botella de vino que nadie le había pedido. A la mañana siguiente ninguna de las dos fingió que había sido solo el vino.
Me susurró al oído que esa noche era solo para chicas. Debería haberme ido. En cambio, algo en mí decidió quedarse.
Marcos me la presentó con una sonrisa cómplice. La miré de arriba abajo y supe enseguida que detrás de esa fachada recatada había algo que necesitaba liberarse.
Valeria cerró el pestillo de la puerta y se giró hacia el entrenador con una sonrisa. Las demás se quedaron inmóviles. Nadie hizo nada para detenerlo.
Sofía lo llamó «el juego» y lo explicó con esa calma suya que lo hacía todo parecer normal. Nadie dijo que no. Nadie quería ser el primero en decirlo.
Cuando abrió la puerta no llevaba maquillaje y su mirada tenía algo de melancolía que me llegó al pecho antes de que intercambiáramos una sola palabra.
Diego me escribía mensajes cariñosos mientras yo, dentro de ese jacuzzi, sentía las manos de Sergio en mi cintura y empujaba el culo contra él.
Cuando la lona se abrió en mitad de la noche, supimos que lo que había empezado entre nosotras iba a convertirse en algo mucho más.