Lo que el espejo reflejó aquella mañana
Clara se peinaba cuando Renata apareció detrás de ella en el espejo. Las manos sobre sus hombros fueron solo el principio de algo que ninguna había planeado.
Clara se peinaba cuando Renata apareció detrás de ella en el espejo. Las manos sobre sus hombros fueron solo el principio de algo que ninguna había planeado.
Llegué antes que Daniela y una chica me ofreció copa en la barra. No sabía que esa noche acabaríamos las tres en una cama, haciendo cosas que ninguna tenía en mente.
Abajo estaban los invitados, el sacerdote y mi recién estrenado marido. Arriba, Isabel cerró la puerta y me miró de una manera que conocía demasiado bien.
Lorena tenía fama de que le gustaban las mujeres. Yo nunca le había dado importancia hasta aquella mañana de primavera en que quedamos encerradas las dos.
Veinte años, cero experiencia y una prima que lo miraba como si supiera exactamente qué tenía en la cabeza. El verano iba a ser largo.
Habíamos pasado la mañana bromeando entre los cinco, con esa tensión que no nombra nadie. Cuando empezaron a tocarse, quedó claro que la tarde iba a durar mucho.
Cuando me lo confesó, ya estábamos solos en la habitación. Su hermana me la había encargado por el día. Nadie imaginaba lo que iba a pasar entre nosotros.
Daniela me metió un condón en el bolsillo antes de marcharse. Yo sabía que era virgen y que Marco también. Esa tarde iba a cambiar todo eso.
Nunca imaginaron que esa tarde en la camilla los cambiaría. Era solo un masaje entre amigos. Hasta que las manos de uno acabaron donde nunca habían estado.
Solo fui a recoger el sostén que olvidé la noche anterior. Sofía me abrió con esa sonrisa, y supe que no iba a salir pronto de allí.
Valeria lo soltó mientras nos secábamos: necesitamos una cámara. Y las tres sabíamos exactamente a quién llamar.
Me fui al convento a escapar de lo que sentía. Allí conocí a Valeria, con sus pecas y su mirada esquiva, y entendí que hay deseos que no se pueden rezar.
El vibrador que Sebastián sacó de la caja fue solo una excusa para pensar en ti, en tus manos, en tu lengua. Lo que no le puedo decir a él está en esta carta.
Cuando le pedí que me lo contara otra vez, sus ojos se cerraron, su voz bajó hasta convertirse en un susurro mojado contra mi cuello, y supe que aún la quemaba por dentro.
La conocía desde los diecisiete. Le había contado todo. Y aquella tarde, mientras le subía el cierre del vestido, entendí que también quería besarla.
Ella tenía novio. Era hetero, decía. Y aun así, esa tarde en la piscina del hotel, su pie buscó el mío bajo el agua y yo no lo aparté.
Llevábamos años siendo amigas y nunca le había faltado al respeto. Esa madrugada, después de demasiado tequila, me besó en su cama mientras su marido dormía a los pies.
Me desperté con su mano sobre la mía, pasándola por su pecho. Ella creía que yo seguía dormida; yo decidí, en ese instante, dejarla seguir.
Tenía los dos brazos enyesados y dos meses por delante sin poder tocarse. Cuando me lo dijo, supe que esa visita al hospital no sería como las otras.
Cuando giraron la botella por décima vez, ya no quedaba ropa que quitarse ni tabúes que sostener. Solo manos buscándose en la penumbra del chalet.