Dos lesbianas y la vecina que nunca lo había hecho
Daniela tenía veinte años, vivía en el cuarto piso, y nunca había estado con una mujer. Ese día cambió todo eso de golpe.
Daniela tenía veinte años, vivía en el cuarto piso, y nunca había estado con una mujer. Ese día cambió todo eso de golpe.
Nunca había pensado en eso hasta que mis nuevas amigas lo mencionaron. Aquella noche, sola en mi cuarto, la curiosidad fue más fuerte que el miedo.
Era el partido de siempre, las cañas de siempre, los vestuarios de siempre. Hasta que Patricia dejó caer la toalla y todo cambió para los cuatro.
Eran amigos de años. Todos con pareja, todos celosos, convencidos de que esa noche era una cena más. Entonces Daniela sacó la baraja.
Éramos cuatro travestis en nochevieja, sin familia, sin pareja. Nadie esperaba que la noche terminara así. Sofía menos que nadie.
Se lo confesé en mi despacho una mañana, y su respuesta me dejó sin palabras: «Me volvías loca esperando que hicieras algo». Ese día fue el inicio.
Habíamos planeado el sábado, pero ella llamó el viernes: ven hoy, estoy ansiosa. Cuando abrió la puerta, ya no pude seguir fingiendo que esto no era serio.
Llevaba veinticinco años casada sin preguntarme qué me faltaba. Esa tarde, sola en casa con Valeria, la amiga de mi hija, lo descubrí.
Sofía llegó a casa con una propuesta que no esperaba: su amiga Valentina necesitaba sentir un hombre, y yo era la solución. Tardé dos días en decir que sí.
La tenía desnuda en mi cama cuando decidí contarle todo: mis clientes, mis noches, mi doble vida. Necesitaba ser honesta antes de pedirle lo que iba a pedirle.
Estábamos completamente desnudas, con las piernas cruzadas y las tazas en la mano, y fue ahí cuando Sofía me preguntó si quería mudarme con ella.
El juego de parejas empezó con una apuesta inocente junto a la alberca. Al anochecer, ninguno recordaba con exactitud dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Salimos seis al bar de Rosa. A las tres de la mañana seguíamos los mismos seis en casa de Valeria, pero ya nadie tenía ropa puesta.
Andrés me abrió la puerta con esa sonrisa que me desarmaba. Sofía no estaba. Yo tampoco había ido por ella.
Sofía pesaba noventa kilos de pura autoridad. Renata lo entendió la noche en que una carpeta vieja cambió el equilibrio de poder entre las dos para siempre.
Natalia y yo compartíamos habitación. Solo eso. Pero cuando apagamos la luz y nuestros cuerpos quedaron a centímetros, los planes cambiaron.
Jamás pensé que estar detrás de la cámara viendo a mi mejor amiga con otras dos mujeres iba a ser tan difícil de olvidar.
Daniela fue la primera en cruzar esa línea. Después de ella, cada amiga de mis hijas que llegaba a casa traía algo más que una simple amistad.
Aceptó compartir a su novio con su mejor amiga. Lo que ninguna esperaba era que el placer real estuviera entre ellas dos, sin él en la habitación.
Cuando Beatriz cerró la puerta del despacho con llave, ninguno de los dos hombres entendió aún que la tutoría se había convertido en otra cosa.