Le pedí a mi mujer que sedujera a su mejor amiga
Cuando se apoyó en el marco de la puerta y me señaló la erección que asomaba del calzoncillo, supe que el encargo había salido mejor de lo que imaginaba.
Cuando se apoyó en el marco de la puerta y me señaló la erección que asomaba del calzoncillo, supe que el encargo había salido mejor de lo que imaginaba.
Tres amigas, una pista de baile y una decisión que cambió la madrugada. Esto fue lo que pasó cuando dejé de buscar a Renata y la encontré justo donde no debía mirar.
Bajamos al aparcamiento desierto de la playa, ella temblaba, y la otra ya tenía las manos en sus muslos antes de que yo apagara el motor del coche.
Valeria me llamó para contarme que su marido quería un trío. Colgué pensando que era su problema. Esa noche estaba en su sala, copa en mano y el corazón a mil.
Me mandó una foto que solo se podía ver una vez. Cuando la abrí en el coche, frente a su portal, supe que esa noche iba a ser muy diferente.
Entré a su casa sabiendo exactamente qué iba a pasar. Él estaba en la sala. Ella estaba en otro estado, ajena a todo.
Una noche de lluvia, el apagón y el abrazo que empezó por miedo. Con mi compañera de piso descubrí algo que no esperaba sentir.
Cuatro amigas, una casa cerca de la playa y una botella de vodka. Lo que empezó como un juego se convirtió en la noche más intensa de mi vida.
El plan era que ella follara con Valeria y yo lo vería desde casa. Lo que empezó como nuestra fantasía terminó de una forma que ninguno esperaba.
Estaba tumbada boca abajo cuando llegué y sus curvas bajo el sol eran imposibles de ignorar. No debería haberla tocado. Lo hice de todas formas.
La había deseado desde los veinte años. Cinco años, un matrimonio y un niño después, Elena apareció en mi puerta.
La conocí en un trabajo grupal del primer año y desde el principio hubo algo diferente. Lo que Camila guardaba en secreto sobre sus deseos me dejó sin palabras.
Cuando Astrid apareció en la terraza, envuelta en blanco y con los ojos llenos de dudas, todas supimos que esa noche no iba a ser como cualquier otra.
Claudia la miraba de esa manera que Sofía ya no podía seguir fingiendo no entender. Esa tarde ninguna de las dos iba a apartar la vista.
Llevábamos horas estudiando cuando el frío se hizo insoportable. Sofía me invitó a su cama para calentarnos. Ninguna esperaba lo que vino después.
Éramos dos mujeres en la misma cama, mi marido dormía en el suelo, y yo llevaba años preguntándome cómo sería rozar la piel de otra mujer.
La primera noche que salí sin ella me reencontré con Lucía, mi ex de siempre. Y ella conocía a todas las amigas correctas.
Cuando Sofía nos citó a ver el cuarto del bebé, ninguna imaginaba que terminaríamos escuchando sus confesiones más íntimas y sin filtro.
Esa noche en el restaurante de Pinamar, Valeria entendió que la ciudad grande es, en realidad, un pueblo muy chico.
Sus manos en mi cuello, ese martes, me dejaron en claro que entre Vera y yo había algo que llevábamos meses sin atrevernos a nombrar.