La travesti que me esperó afuera del antro
Me advirtieron que venía con sorpresa, pero ya era tarde: esa rubia me había mirado de un modo que no supe, ni quise, resistir.
Me advirtieron que venía con sorpresa, pero ya era tarde: esa rubia me había mirado de un modo que no supe, ni quise, resistir.
Pasaron dos años desde la primera vez. Cuando me contestó el mensaje supe que iba a buscarlo, aunque algo dentro me decía que no debía.
Me desperté con las ganas pegadas al cuerpo y el teléfono mudo. Si él no llamaba, al menos tenía el clóset de mi hermana y toda la tarde para mí.
Lo espié desde la puerta entreabierta del baño, desnudo sobre la cama redonda, y supe que esa noche mi cuerpo iba a aprender algo que ya no podría olvidar.
Me mandó una foto que casi arruina todo antes de empezar. No lo bloqueé, y esa tarde descubrí por qué a veces conviene darle una segunda oportunidad a un desconocido.
Le había puesto una sola condición para llevarla al viaje: que esa noche, en el hotel, dejara de ser virgen. Camila se sentó, se quedó muda y al final asintió.
Llevaba un año mirando aquel juguete en el cajón sin atreverme. Esa noche, con el camisón de encaje y el candado cerrado, supe que por fin iba a dejar que me abriera entero.
Subimos al cuarto entre risas y, cuando se quitó el vestido, entendí que esa noche el que iba a entregarse era yo. Y no quise frenarlo.
Solo quería llegar a casa antes de la medianoche. Entonces ella se inclinó hacia mí y susurró una pregunta que lo cambió todo aquella noche de sábado.
A las nueve y media siempre tomaba el mismo bus. Esa noche, el chico del short deportivo se sentó a mi lado aunque había diez asientos libres, y nuestras rodillas se rozaron.
Bajé a la cocina a las tres de la mañana y la puerta de su cuarto estaba entornada. Adentro, una rubia despampanante ensayaba poses frente a la cámara. Y giró a mirarme.
Encendí solo las velas rojas, me ajusté el babydoll y esperé. Cuando sonó el timbre supe que esa madrugada iba a recordar quién era yo de verdad.
Andrés escogió a tres candidatos para nuestro primer trío y yo elegí al más alto. Lo que no me dijo fue que había filtrado solo a hombres con pollas enormes.
Nos miramos en silencio bajo el agua caliente. Él sabía lo que yo quería y yo sabía que él también. Solo faltaba que uno de los dos dijera la primera palabra.
A las tres de la madrugada el champán seguía abriéndose y ella, sentada en el sofá, no apartaba los ojos de nosotros mientras yo te buscaba la cintura bajo el vestido.
Pensó que entraba a ese cuarto a hacerse el duro. Sabrina, con la minifalda roja y la mirada de dueña, ya había decidido que esa noche se arrodillaría.
La conocí mucho antes que a su hermana, mi esposa. Diez años después de aquel hotel, la vi salir del agua en la playa y supe que la historia no había terminado.
Apenas avancé unos pasos, mi celular empezó a vibrar sin parar. Era ella, y no pensaba dejar que me fuera tan fácil esa noche.
Cuando empujé la puerta metálica esperaba encontrarlo solo, como siempre. Pero bajo aquella bombilla colgante había cuatro hombres más, y ninguno parecía tener prisa.
Trabajaba en la biblioteca de un colegio cuando ella apareció esa tarde de miércoles. Bastaron diez minutos para entender que no había venido a leer libros.