Mi ex trans volvió tras cuatro meses de silencio
Creí haberla superado, hasta que descubrí que la amiga con la que coqueteaba en el bar conocía demasiado bien a la mujer que me había abandonado.
Creí haberla superado, hasta que descubrí que la amiga con la que coqueteaba en el bar conocía demasiado bien a la mujer que me había abandonado.
Veinte días sin tocar a nadie habían vuelto la necesidad algo salvaje. Esa noche entré al club a cazar, no a pedir permiso ni a ir despacio.
Necesitaba compañía. Sin pensarlo, le pregunté si quería meterse conmigo. Lo que vino después cambió todo lo que creía saber sobre mí mismo y mis amigos.
Las tijeras se le cayeron de las manos cuando le dije que esa noche quería verme bonita para un chico. No sabía aún hasta dónde llegaría.
«Qué linda colita», dijo a mi espalda. No me di vuelta enseguida. Esa voz no podía ser la suya, no después de cuatro años de silencio.
Acepté el reto sabiendo que ella jamás imaginaría lo que yo iba a pedir cuando llegara el momento de cobrarme la promesa.
Abrí los ojos en la arena, mareado por el vino, y vi a dos hombres inclinados sobre mi mujer dormida. Lo que hice después aún no sé cómo explicarlo.
El armario del señorito guardaba un uniforme negro con cofia blanca, y don Aurelio le aseguró que en cuanto se lo pusiera dejaría de ser Marcial para siempre.
Bajó a la orilla esperando solo el rumor de las olas, pero unos ojos la siguieron desde la fogata y supo que esa noche no dormiría sola.
Cuando sentí su pecho velludo rozarme la espalda mientras alcanzaba una taza, supe que aquel piso compartido no iba a ser tan tranquilo como prometía el anuncio.
Subí sus cajas, le preparé un café y, antes de terminarlo, ya sabía que esa vecina iba a cambiar todas mis noches en aquel edificio.
Estábamos subidos al cerezo robando fruta cuando Hugo me confesó la obsesión que arrastraba desde niño. Esa misma tarde, su madre todavía no sabía lo que venía.
Habían pasado tres meses desde mi primera vez y volví a la esquina con una sola idea en la cabeza: repetir aquello que no había podido sacarme de encima.
Bajó del escenario con el vestido pegado al cuerpo y él ya la esperaba en las sombras del pasillo. No dijo nada: solo la agarró del brazo y abrió la puerta.
Esa mañana me vestí con un body de encaje bajo la camisa de trabajo. Nadie podía adivinarlo. Nadie excepto el hombre que me miró el culo cuando bajé del autobús.
Eran las once y ya no podía concentrarme. Abrí la app sin esperanza, pero treinta minutos después caminaba hacia su edificio con una caja de forros en el bolsillo.
Al despertar en su cama, con su melena rubia sobre la almohada, supe que aquella semana en Lisboa ya no iba a terminar como la había planeado.
Frente al espejo ya no era el chico tímido de la facultad: era ella, con el corpiño de encaje y los tacos rojos. Entonces sonaron tres golpes en la puerta.
Bajé tarde a por dos tostadas y un café. No imaginé que el desconocido de la mesa de al lado iba a apoyar la mano en mi muslo antes que la tostadora soltara la primera.
No subí a ese hotel pensando que sería yo quien terminaría en cuatro, pidiéndole que no parara. Pero ella sabía exactamente lo que yo no me atrevía a admitir.