Me vestí de mujer y ella me ofreció a varios hombres
Entré al baño como un hombre y salí con un minivestido y plataformas. Mi novia me esperaba en la sala con tres desconocidos y una sonrisa que lo decía todo.
Entré al baño como un hombre y salí con un minivestido y plataformas. Mi novia me esperaba en la sala con tres desconocidos y una sonrisa que lo decía todo.
La fiesta del hotel terminó de madrugada, pero la verdadera noche empezó cuando Valeria se sentó a mi lado en el sofá y deslizó la mano dentro de mi short.
El recepcionista le guiñó un ojo al entregarle la toalla. Aquel gesto fue solo el comienzo: en cada sala lo esperaba un cuerpo distinto y un calentón nuevo.
Bajé del camión con la cabeza caliente y los pantalones apretados. Sabía a qué iba al baldío, pero no que iba a salir cogido tres veces seguidas.
Sabían que el olor fuerte y el vello me ponen como pocas cosas. Aquel sábado llegaron con esa sonrisa que solo significaba una cosa: la sorpresa era para mí.
Acepté quedarme a dormir en casa de mi padrastro pensando que sería una visita más, pero esa noche me llevó hasta su cuarto y me obligó a mirar.
Tenía diecinueve años, venía de pueblo y jamás había pensado en otro tío. Hasta que aquel ejecutivo se arrimó a mi codo en el vagón lleno y me sonrió.
Me sirvió la cena, el postre y el coñac. A las once volvió del cuarto con una lencería gris. A esa altura, su promesa de llegar virgen al altar ya tenía un detalle pendiente.
Llevaba semanas buscando algo distinto en la app cuando apareció su perfil: cincuenta y tantos, frase corta, mirada directa. Su casa estaba a ocho minutos caminando.
Cuando llegué al claro, Iker ya me esperaba apoyado en la piedra, con esa sonrisa nerviosa que solo me dedicaba a mí cuando estábamos solos.
Cuando me dijo que se parecía a la cantante del mostrador al disfrazarse, su madre sonrió y yo entendí que aquello no iba a quedarse en una broma.
Me pidió por mensaje que me pusiera solo una gabardina y bajara al taxi. No sabía que el vibrador en mi bolsillo lo iba a manejar ella desde el asiento de atrás.
Me desperté antes que ella, dejé que el agua corriera y, cuando me di vuelta, Camila estaba ahí, descalza, con el pelo revuelto y esa sonrisa.
Llevaba puesto mi vestido favorito el día que esos dos hombres entendieron, sin que yo dijera una palabra, exactamente lo que estaba dispuesta a darles.
Llevaba catorce años con mi marido y jamás le había mentido. Hasta que el cliente del que más le hablaba en la cama llamó al timbre de mi casa.
Bajé del catre con la excusa del cargador. No fue una excusa. Lo que vi en la otra punta del cuarto me convirtió en cómplice antes de cruzar palabra.
Le devolví la mirada con la nota en el bolsillo, sin saber todavía que esa misma tarde iba a marcar su número y descubrir hasta dónde llegaba su oferta.
La campanilla del motel sonó como una advertencia que ninguno de los dos quiso escuchar; afuera tronaba y adentro ya empezábamos a desvestirnos con la mirada.
Estaba perdido a tres cuadras de su hostal y me pidió ayuda. Acepté subir por un vaso de agua. A los diez minutos no quedaba ni rastro de mi camiseta.
Subía los testículos, ajustaba la peluca y me convertía en otra persona a solas. Nunca imaginé que alguien llevaba meses observándome desde la ventana de enfrente.