La séptima noche en que desperté llamándome princesa
No recuerdo el momento exacto en que dejé de cuestionar la lencería, las pastillas ni los sueños. Solo sé que cada semana me sentía más cómodo siendo otra.
No recuerdo el momento exacto en que dejé de cuestionar la lencería, las pastillas ni los sueños. Solo sé que cada semana me sentía más cómodo siendo otra.
La encontré mordiéndose el labio frente al espejo, con el bikini puesto y la entrepierna ya húmeda. No iba a esperar a que estuviera lista.
Salí de casa siendo su alumna y volví convertida en su mujer. Todo empezó con una clase de manejo que llegó tarde, una tarde de viernes y una mirada que no se despegaba de mis piernas.
Llevaba seis meses arrendando una pieza en aquella casa, charlando de noche con una copa de vino en la mano, hasta que una tarde ella me pidió un favor que no debía pedirme jamás.
Llevaba años conociendo a Esteban, pero esa tarde sofocante descubrí que su casa guardaba un secreto que iba a cambiar para siempre nuestra amistad.
Cuatro días atado a su cama, doce mil euros más rico, y un cuerpo que ya no se resiste igual. Lo peor no es lo que me hace: es lo que empieza a brillar en mis ojos.
Llamaron al timbre justo cuando ella terminaba de tender. Yo me escondí en el dormitorio y la vi salir a recibirlo sin nada puesto, solo unas cuñas y una sonrisa.
Llevaba meses guardando el secreto en el fondo del armario. Esa noche toqué a su puerta con la pollera plisada y el moño rojo, y ya no quise volver atrás.
Esa noche me vestí de mujer, me puse los tacones más altos y salí a la calle dispuesta a todo. No imaginé a quién iba a encontrar en la barra.
Cuando abrí los ojos a las nueve de la mañana, Daniel ya no estaba solo en la cama. Y su mejor amigo me miraba como si llevara horas esperando ese momento exacto.
Cuando cerró el último candado y se guardó la combinación, entendí que esa noche mi cuerpo ya no me pertenecía: era su muñeca, y obedecer era el único camino.
Faltaban quince minutos para que llegara y yo ya estaba lista: lencería negra, la piel perfumada y una cerveza helada para calmar los nervios.
Esa tarde se vistió por última vez: medias, liguero, tacones. Bianca iba al cine a despedirse de todo lo que había sido, en brazos de hombres que no sabían nada.
Cuando golpearon la puerta para avisar que se acababan los diez minutos, yo ya estaba boca abajo en la cama del artista, temblando, con su cuerpo apoyado contra el mío.
Bajé del coche borracho, caliente y con el celular en la mano. Cuando leí el mensaje de Mauricio supe que esa noche no iba a dormir en mi cama.
A las tres de la madrugada, Damián seguía hundido en mi sofá con la camisa empapada de sudor y la respiración pesada. Y yo ya no pensaba en otra cosa.
Cuando bajé al fin sus bóxers entendí lo que tanto lo asustaba mostrarme. Quise demostrarle que aquello que él odiaba de sí mismo era justo lo que yo no podía dejar de besar.
Llegué a su puerta temblando, sin saber que esa noche un vestido barato y unos tacones de plástico iban a cambiar todo lo que creía saber sobre mí.
Levantó la cabeza para darme el encendedor y entonces lo reconocí. Tomás. El mismo que a los quince años me había enseñado lo que ningún libro contaba.
Trabajo desde casa, sola y aburrida, hasta que llega el paquete que lo cambia todo: copa G, perfectas, listas para que mi hombre las descubra con sus propias manos.