Carta desde Barcelona: lo que Sebastián no sabe
El vibrador que Sebastián sacó de la caja fue solo una excusa para pensar en ti, en tus manos, en tu lengua. Lo que no le puedo decir a él está en esta carta.
El vibrador que Sebastián sacó de la caja fue solo una excusa para pensar en ti, en tus manos, en tu lengua. Lo que no le puedo decir a él está en esta carta.
Nunca había salido vestida a la calle. Ese viernes decidí que era el momento: minifalda, tacones y el vagón más lleno del año. Lo que pasó superó todo lo imaginado.
Tres semanas mirándolo descargar cemento desde mi ventana antes de invitarlo. Llegó un sábado a las tres, con el pelo mojado y la camisa recién planchada.
Cuando Mariana me pidió ayuda, supe que el secreto que llevaba años escondiendo iba a salir a la luz frente a tres personas que apenas conocía.
Abrir la puerta esa noche fue la decisión más difícil de mi vida. Detrás había un hombre alto, sonriente, dispuesto a tomar lo que yo ya no podía darle a mi mujer.
Cuando volvió de la cocina con dos cervezas, su mirada ya no era la misma. Y la abultada silueta bajo su jean tampoco dejaba dudas sobre lo que iba a pasar.
La primera vez que afeité a Rubén en la oficina supe que el deseo entre nosotros no iba a quedar en una simple cuestión de higiene compartida.
Levanté la cabeza con la verga aún dentro de ella y vi a mi instructor en la puerta. Lo que pasó después no se lo he contado a nadie.
Pasé seis meses bajando a buscarlo a la esquina. Una sola noche en la casa vacía bastó para que dejara de esperarme.
Bajé al consultorio por un simple dolor de espalda, sin sospechar que el médico de la empresa tenía un tipo de tratamiento que no figura en ningún manual.
Bajo su tanga ajustada se marcaba un bulto que no pude dejar de mirar. Y él se dio cuenta. Esa tarde descubrí algo que ya no podía pretender ignorar.
Lo único que iba a hacer esa noche era cenar liviano y dormir. Hasta que él entró con la bandeja, miró mi ropa interior y soltó la frase que cambió todo.
Las dos se fueron de compras y nos quedamos solos en casa. Bastaron diez minutos de televisión para que él decidiera mostrarme lo que llevaba debajo del short.
Estaba sentado en la orilla de la cama, con el pulso disparado y la certeza de que todo lo que creía saber sobre mí mismo estaba a punto de saltar por los aires.
Llevaba años escondiendo una parte de mí. La noche que se lo conté a ella, no imaginé que terminaría preguntándome si lo haríamos juntos con varios.
Habíamos compartido cinco años de aulas sin mirarnos demasiado. Esa madrugada, dentro del ascensor, entendí que él llevaba mucho tiempo esperando que yo le abriera la puerta.
Caminé seis cuadras sin pensar, subí a un taxi y dije mi dirección. Solo cuando arrancó noté que llevaba la mandíbula apretada y los ojos llenos de lágrimas.
Pensé que solo iba a conocer a una mujer mayor. Cuando entendí lo que de verdad esperaban de mí, ya estaba desnudo en su habitación y no había vuelta atrás.
En las duchas del gimnasio fingí que no miraba. Pero esa noche, en su departamento, ya no había excusas para seguir disimulando lo que ambos queríamos.
En el viaje al apartamento, el conductor me pasó su celular con unos videos. Lo que vino después no estaba en mis planes y nunca lo había hecho con otro hombre.