Mateo era virgen y quería estrenarse conmigo
Llevaba semanas insinuándose entre bromas y caricias hasta que me lo pidió como regalo de cumpleaños. Esa noche dejó de ser virgen en mi cama.
Llevaba semanas insinuándose entre bromas y caricias hasta que me lo pidió como regalo de cumpleaños. Esa noche dejó de ser virgen en mi cama.
Tenía 27 años, una caja de herramientas al hombro y una curiosidad que nunca me había atrevido a nombrar. Aquella cortina iba a contestarlo todo.
Nunca había escrito algo así. Pero esa madrugada, después de soñar con él, le confesé por mensaje cada cosa que su cuerpo le había hecho al mío.
Subí al ascensor con las manos sudadas. Llevaba semanas hablando con él por internet, pero ahora estaba ahí, a tres pisos de saber si era capaz de hacerlo.
Subí a su departamento sin pensarlo. Tres horas después bajé con las rodillas temblando, las marcas de sus manos en mis pechos y el cuerpo cambiado para siempre.
Cuando los vi salir juntos del ascensor supe que aquella tarde iba a ser muy distinta a todas las que había tenido con él.
Cuando bajó del auto rumbo al motel con otro, supe que esa noche dejaría de ser solo mía. Lo que no esperaba era que me pidiera pagar la habitación desde el celular.
Era pasada la una cuando llamó a mi puerta. Vivía a dos cuadras, con su novio, y juraba que solo me haría una mamada rápida. Ninguno cumplió la promesa.
Cuando Inés apartó la cortina de la tienda, su novia ya estaba encima de otra chica, jadeando todavía por un orgasmo que no era suyo.
La llave cayó al agua y la puerta trasera se trabó. Atrapados en un metro cuadrado, esposados y semidesnudos, descubrimos algo que ninguno imaginaba.
Bastó un comentario inocente sobre las miradas ajenas para que mi madre cambiara las reglas: lo que los desconocidos podían mirar, su propia sangre podía tocar.
Bajaba del ascensor con la escoba y la cara baja. Nadie en el edificio imaginaba que ese chico de Salta tenía mi número guardado, ni lo que iba a pasar un martes a las nueve.
Toqué el timbre con las manos heladas. No había escuchado su voz en dos años, pero al abrir la puerta supe que esa noche íbamos a terminar algo que dejamos abierto.
Cuando le abrí la puerta a las diez de la mañana, no imaginaba que un favor con el iPhone terminaría con él gimiendo bocarriba en mi cama.
Tenía veintiún años y nunca había estado con nadie. Lo que empezó como un mensaje en una app terminó en la habitación catorce de un motel a cinco cuadras de mi casa.
Llegué al chalet creyendo que era una reunión casual; cuando vi a la chica del bikini rojo abriéndome la verja supe que la tarde iba a ser distinta.
Sonó el timbre por cuarta vez esa tarde y al abrir lo vi a él, sin uniforme, sin coartada, mirándome como si llevara semanas planeando justo ese momento.
Me miré en el espejo con el vestido rojo y los tacones plateados. Cuando salí del baño, mi tío me esperaba con una mirada que no era de tío.
Mis amigos paseaban riendo entre vitrinas. Yo me detuve frente a la suya y, por la forma en que me devolvió la mirada, supe que aquella noche no era para ellos.
Dejé la puerta del baño entreabierta a propósito y supe, por el reflejo del espejo, que él estaba mirándome. Ese día acepté los quinientos soles y todo lo que vino después.