Lo que descubrí compartiendo cama con un compañero
Amaba a mi novia y creía tener mi vida en orden. Hasta que un viaje de trabajo me dejó compartiendo habitación con un compañero que no escondía lo que era.
Amaba a mi novia y creía tener mi vida en orden. Hasta que un viaje de trabajo me dejó compartiendo habitación con un compañero que no escondía lo que era.
Lo vi al otro lado de la estantería abierta y supe que no estaba estudiando. Cuando entró al baño y me habló del cansancio, ya sabía que esa tarde no abriría un libro.
Bajé descalza al baño y la puerta entreabierta me dejó verlo en la ducha. Lo que pasó esa madrugada en el colchón del salón fue mi primera vez con otro hombre.
Me dijo que iba a una fiesta con amigas. Yo entré disfrazado y terminé encerrado en un armario, viendo cómo se entregaba al cumpleañero a un metro de mí.
Estábamos desnudas, ella debajo de mí, mi cara sobre la suya, y la puerta se abrió con su madre del otro lado mirándonos sin saber qué decir.
Cuando me tomó la cara con ambas manos y me comió la boca sin pedir permiso, supe que aquella reunión de trabajo nunca había sido una reunión de trabajo.
Cada noche fui al mismo restaurante solo para verla. La última, me dejó un papelito con un número y una hora escrita a mano. A las once en punto, marqué.
Diana nunca bailaba así, ni siquiera en bodas. Pero esa madrugada, con el vestido caído hasta la cintura y la stripper entre sus piernas, dejó de fingir.
Conocía a Damián desde niño, era el mejor amigo de mi padre. Nunca pensé que aquel comentario suyo de pasillo terminaría con él arrodillado frente a mí.
Llevaba un mes en el pasaje cuando me tocó coordinar el ponche con la casa 207. No pensaba que la mujer que me abrió y su marido fueran a cambiar mi idea del deseo esa misma noche.
Aquella noche en el hotel descubrí que algunos placeres tienen un precio que el cuerpo paga al día siguiente, y que mi esposo nunca olvidaría.
Cuando sonó el timbre a las nueve en punto del segundo día, ya sabía que aquel hombre no iba a marcharse sin tocarme. Lo que no imaginaba era lo del tercero.
Cuando se dio vuelta sobre la cama y vi lo que colgaba entre sus piernas, supe que esa tarde en el hotel del pasaje no iba a salir de mí en años.
Cuando el árbitro pitó el final del partido supe que no había vuelta atrás: tendría que cumplir la apuesta delante de mi amiga, en plena barra del bar.
Cuando los dos hombres que mi marido había contactado se fueron, me quedé con las ganas. Hasta que escuchamos una voz desde la habitación de al lado y todo cambió.
Le aullé al desconocido con máscara de lobo en medio de la pista. No imaginé que esa misma noche me llevaría al baño ni que volvería a verlo una semana después.
Iba con prisa hacia el portal, vi su melena oscura desde lejos y la abracé por detrás sin pensarlo dos veces. No era ella. Y aun así, no me apartó la mano.
Subí a la silla frente al espejo, las piernas en el aire para las fotos que mi novia me pidió. No esperaba que él entrara, ni lo que vino después.
Lucas llevaba cinco años en el oficio y creía haberlo visto todo, hasta que el encargado abrió el gabinete y se topó con cuatro gigantes desnudos esperando.
Cuando llegó a barrer la casa vacía, le dije que se fuera tranquila a su pueblo. Tres horas después estábamos en mi cama, y mi esposa todavía no había aterrizado.