Viajé por trabajo y él no quería que me fuera
Quedé con él en una plaza que no conocía, en una ciudad que no era la mía. Me invitó a su departamento y perdimos la noción del tiempo.
Quedé con él en una plaza que no conocía, en una ciudad que no era la mía. Me invitó a su departamento y perdimos la noción del tiempo.
Vivía en el campo y podía vestir ropa de mujer todo el día sin que nadie me molestara. Hasta que un desconocido escribió diciendo que le gustaban mis fotos.
Cuando salí de la ducha, ella estaba ahí con lencería negra y esa sonrisa que hacía años no veía. Esa noche tenía un plan para mí que yo nunca hubiera imaginado pedir.
Tendida al sol sin ropa, con una docena de hombres mirándome fijamente, entendí que esa playa no era como las demás. Y no quise escapar.
Sandra necesitaba ayuda con una persiana. Yo necesitaba olvidar el peor día de mi vida. Ninguno esperaba que Valentina llegara tan pronto.
Avisé que era yo, como hacíamos siempre. Él respondió que pasara. Lo encontré en el baño, afeitándose, desnudo. Tenía el cuerpo que yo había tratado de no mirar durante meses.
Vestido de fulana, colgado del arnés y con el corazón latiéndome de vergüenza, comprendí que había llegado más lejos de lo que nunca había pedido. Y aún así pedí más.
Entre las ocho y el mediodía, tres hombres distintos cruzaron mi puerta. Cada uno buscaba algo diferente, y yo tenía ganas de darlo todo.
Me bajé de la moto a media cuadra y entré en silencio por la puerta trasera. Desde el dormitorio llegaban voces que tardé en reconocer.
Cuarenta y siete años siendo un hombre de mujeres. Hasta aquella noche en Mendoza, cuando Andrés cerró la puerta de mi suite y encendió un cigarrillo.
Entré en silencio y lo encontré junto a la ventana, absorto en lo que había al otro lado de la calle. Mi hijo menor ya no era un niño, y yo lo vi todo.
Llegué a su apartamento a la hora acordada. Él me abrió la puerta en bata; ella bajó después, nerviosa y emocionada. La noche sería larga.
La primera vez que lo vi en aquella cena supe que ese hombre no era como los demás. Meses después, yo era quien le pedía más.
Diego me escribía mensajes cariñosos mientras yo, dentro de ese jacuzzi, sentía las manos de Sergio en mi cintura y empujaba el culo contra él.
Había filtrado decenas de perfiles hasta llegar a Marcos. Todo lo que pedía, y la paciencia que nunca sobra. Pero alguien siempre llega demasiado pronto.
Solo en casa por primera vez en meses, encendí la pantalla con la vaga intención de matar el tiempo. Nadie imaginaba lo que estaba a punto de descubrir sobre mí mismo.
Cuando la lona se abrió en mitad de la noche, supimos que lo que había empezado entre nosotras iba a convertirse en algo mucho más.
No supe en qué clase de barrio me había metido hasta que Valeria se detuvo frente al hostal. Entonces entendí todo, y de todas formas entré.
La pantalla mostraba su salón: las dos cuñadas sentadas muy juntas, sin sospechar que yo las estaba mirando. Esa tarde empezó algo que ninguna podría olvidar.
Cuatro hombres empapados en su puerta, la noche más oscura del invierno y una soledad de años a punto de romperse.