Aquella noche en las ruinas con dos uniformados
Pasamos dos días sin tocarnos por el entierro. Cuando paramos en unas ruinas para descansar, ninguno pensó que esa noche acabaría con luces de baliza encima.
Pasamos dos días sin tocarnos por el entierro. Cuando paramos en unas ruinas para descansar, ninguno pensó que esa noche acabaría con luces de baliza encima.
Andrés llevaba años pidiendo más de lo que ella podía dar. Esa noche, Lucía dejó el cuchillo en la encimera, miró a su hijo y propuso algo que ninguno olvidaría.
Llevaba meses durmiendo abrazado a un consolador y al recuerdo de mi ex. Esa tarde, en una cabina de internet, encontré un anuncio que no debí haber abierto.
Mi hermano de diecisiete años llevaba dos semanas sin levantarse de la cama. Yo decidí que la cura era acostarme con él. Lo que no imaginé fue lo que vendría después.
Damián juraba que sabíamos divertirnos. No imaginé que su invitación nos llevaría a un pasillo de cortinas rojas donde mi esposa decidiría por los dos.
Ella nunca llegó al punto de encuentro. Veinte minutos más tarde, un desconocido se me acercó con una propuesta que no estaba en mis planes.
Necesitaba sacarme a la hija de mi novia de la cabeza. Lo único que tenía a mano era un frasco vacío, una excusa estúpida y la puerta del loft del roof garden.
Entré al salón completamente desnuda mientras ellos todavía sostenían las cartas. Lo habíamos hablado con mi marido, pero el final lo improvisé yo.
Mientras Lucía se preparaba para recibir a su amante, su hermana ya tenía otro plan con el sobrino: las cajas del altillo eran solo una excusa para empezar.
La primera vez quedó traumada y juró nunca más. Pero esa noche de junio, ella misma me preguntó si todavía conservaba el número de mi viejo amigo.
Faltaban horas para que cerraran el cajón y yo me bajaba el cierre del vestido frente a sus dos mejores amigos. Que me mirara desde donde fuera, era lo único que me debía.
Era el chico invisible del barrio y ella, la chica más linda. Cada martes, mientras los demás jugaban en el parque, me esperaba en la bodega del fondo del jardín.
En cuanto se vio en el espejo con el vestido puesto, supo que esa tarde no iba a poder caminar tranquila ni cinco metros sin que la siguieran.
Pensé que solo bajaría a la oficina del subsuelo para hacer lo de siempre. Pero esa tarde, Don Ricardo tenía algo más que su mano en el bolsillo del overol.
Aquella tarde en la arena lo perdí de vista cuando me levanté a por agua. Y entonces me hablaron en la cola del chiringuito y descubrí que era él.
A las once menos cuarto ya estaba bajando las escaleras de mi piso. Antes de salir miré por la mirilla, por si veía a alguien. El rellano estaba vacío. Mejor así.
El coche de Roberto dobló la esquina y Valeria ya tenía el teléfono en la mano. Solo necesitaba escribir cuatro palabras para que Diego viniera corriendo.
Quería jugar conmigo como si fuera una muñeca. Me vistió capa por capa, me puso la correa y dijo que eso era apenas el principio.
Cuando me detuve frente a esa puerta cerrada, supe que no iba a entrar todavía. No tenía sueño. Y él tampoco.
Valentina llevaba cuatro meses planeando ese fin de semana. Cuatro amigos, un resort naturista, y una noche que ninguno de los cuatro sabía cómo iba a terminar.