Amanecí desnudo en casa de dos extraños
No recuerda mucho de esa noche. Solo el dolor al despertar y la certeza de que algo había cambiado para siempre en él.
No recuerda mucho de esa noche. Solo el dolor al despertar y la certeza de que algo había cambiado para siempre en él.
Nunca lo hablamos, nunca lo discutimos. Él acababa en ella y giraba la cabeza hacia mí. Eso era suficiente para saber lo que tocaba.
Sabía lo que quería hacer esa noche. Solo necesitaba oscuridad, silencio y el coraje de no ponerme límites a mí misma ni por un instante.
Cuando Marcos me habló del tipo que se bañaba desnudo a la orilla del río, no pude sacarlo de la cabeza. Esa noche fui a verlo con mis propios ojos.
Llega, me da la vuelta y me baja el pantalón. Sin decir nada. Así empezó todo, y así sigue funcionando desde entonces.
Andrés quería compartir a su mujer con el capitán. Valeria resistió tres días. Cuando llegó Pilar, ninguno de los cuatro salió igual.
Era la madrastra intachable, la mujer que ponía las reglas. Pero cuando mi hijastro apareció desnudo ante mí, supe que mis reglas eran de papel.
Cuando los demás seguían bebiendo, yo ya tenía a Andrés arrinconado en el callejón. Llevaba horas sin poder quitarle los ojos de encima.
Natalia solo quería depilarse antes de ir a la playa. No esperaba que la esteticista del hotel fuera tan impresionante, ni lo que encontraría bajo su bata.
Llevaba la tanga azul debajo del pantalón, lista para otro. Cuando el tipo del autobús me miró con esa media sonrisa, entendí que esa tarde tenía otro destino.
Se apoyó en el mostrador, me miró directamente y me propuso ir a su hotel. A mis treinta y ocho años pensé que ya no me pasarían estas cosas.
Cuando apagó las luces del pasillo y cerró la puerta, entendí que no íbamos a hablar de mi expediente. Algo había cambiado en el despacho.
Veinte años de matrimonio y de repente ella se apunta al gimnasio, cambia su ropa, revisa el teléfono en el baño. Algo no cuadraba. Decidí averiguarlo.
Las chicas se habían ido, la habitación estaba en silencio y Rodrigo soltó una broma que los dos sabíamos que no era del todo una broma.
Había algo en la forma en que me miró desde el andén. No era una mirada cualquiera. Supe que si le seguía, no volvería a ser el mismo.
Los dos estaban en el umbral de mi habitación, mirándome dormir. Ella se tocaba. Él también. Y cuando abrí los ojos, ninguno de los dos se detuvo.
Me vestí para impresionar a nadie, o eso creía. Dos guardias me cortaron el paso con una sonrisa que decía que sabían exactamente quién era yo.
Ella llegó veinte minutos antes de la hora. Mi vecina seguía en el sofá. No tuve tiempo de nada: la puerta se abrió y todo empezó a desbordarse.
Dos mujeres en un motel de Monterrey. Una de ellas, Daniela, tenía algo que yo llevaba años queriendo sentir.
La primera vez que me puse su lencería y me vi en el espejo, no supe si lo que sentí era vergüenza o algo completamente distinto.