La noche que un desconocido me hizo su esclava
Perdí el último metro y empecé a caminar. No vi el coche negro hasta que ya era demasiado tarde y su voz en mi oído decía: quieta, no te muevas.
Perdí el último metro y empecé a caminar. No vi el coche negro hasta que ya era demasiado tarde y su voz en mi oído decía: quieta, no te muevas.
Lo reconocí en cuanto habló: era el mismo de la semana anterior, el que tenía esa polla descomunal que me dejó sin caminar bien durante días.
La vela ardía a dos centímetros del alambre. Solo necesitaba aguantar un minuto sin moverse y la marca sería suya. Natalia no dudó ni un instante.
Años de amistad y yo mirando lo que nunca debí mirar. Una noche tomé una decisión que lo cambió todo entre nosotros para siempre.
Cada ciudad nueva es una posibilidad. Me llamo Valeria, viajo sola y llevo una vida que muy pocos conocen. Esto es lo que pasa cuando apago el teléfono.
Cuando Bruno apagó las luces exteriores para dejar que la luna hiciese su trabajo, algo cambió en el ambiente. Las mujeres empezaron a bailar juntas y yo ya no podía apartar la mirada.
Elena lo propuso como si fuera un juego inocente. Cuando Roberto puso los labios en la nuca de Marcos, los cuatro supieron que ya no había vuelta atrás.
Cuando escuché el carrito del elotero pensé solo en saciar el antojo. Lo que no esperaba era que terminara su noche en mi cocina, mirándome como si yo fuera el postre.
Cuando sonó el timbre supe que no podía echarme atrás. Llevaba meses preparándome para ese momento, pero nada me había preparado de verdad.
Cuando llegamos a casa de Pablo y Vera, el champán ya estaba frío. Yo traté de aparentar calma. Mi cuerpo llevaba semanas traicionándome cada vez que él lo mencionaba.
Me mudé a una ciudad desconocida y el primer hombre que entró en mi piso fue también el más atractivo. Tenía novia, pero eso no le importó.
Travestí de clóset, fui a la entrevista más importante de mi carrera con un calzón de encaje bajo el traje. Pensé que nadie lo sabría. Me equivoqué.
Me invitaron a cenar, me contaron su vida swinger y cuando ella abrió el escote y me miró así, supe que esa noche iba a cambiar algo en mí.
Llevaba semanas con el masajeador guardado en el cajón sin animarme. Esa noche el chat con un desconocido me hizo decidirme por fin.
Cuando entré por esa puerta con mi padre, no sabía qué esperar. Cuando salí, una hora después, ya no era el mismo chico que había entrado.
Dos amigos de toda la vida, dos parejas que lo compartían todo. Hasta que la curiosidad entre ellos empezó a ser más difícil de ignorar.
Entré a su casa sabiendo exactamente qué iba a pasar. Él estaba en la sala. Ella estaba en otro estado, ajena a todo.
Levanté la vista de los libros y sus ojos oscuros se clavaron en los míos. Supe en ese instante que aquel chico iba a complicarme la vida.
Cuando ella apagó la luz y me dijo que hiciera lo que quisiera, entendí que esa noche iba a aprender todo lo que ningún compañero de curso me había podido enseñar.
No recuerda mucho de esa noche. Solo el dolor al despertar y la certeza de que algo había cambiado para siempre en él.