Atada y vendada, esperaba el primer correazo
Le pedí que respetara lo pactado y, mientras la cuerda me sostenía las muñecas, recé en silencio para que no me hiciera caso. No me lo hizo.
Le pedí que respetara lo pactado y, mientras la cuerda me sostenía las muñecas, recé en silencio para que no me hiciera caso. No me lo hizo.
Bastó deslizar el tacón fuera del talón para que dejara de mirarme a los ojos. Y yo descubrí cuánto poder cabía en la punta de un pie.
No podía dejar de mirarle las botas. Cuando me pilló, en vez de apartarse, me preguntó si era de los que se mueren por besar suelas.
La llave cayó por la rejilla y ya no había vuelta atrás: estaba sola, desnuda y encadenada, sin saber cuántas horas tardaría él en volver a por mí.
Antes de leer una sola línea, la fotografía cayó de entre las páginas: mi amiga, bronceada y desnuda bajo un sarape, con un grueso anillo de hierro al frente del collar.
Desperté desnuda entre los dos, el cuerpo molido de la noche anterior, y supe por el roce de aquella regla verde en mi espalda que todavía no habían terminado conmigo.
Su hijo la sentó a la mesa sin imaginar lo que pasaba por debajo. Lo que vino después, en el ascensor y en su propio piso, ella jamás lo confesaría.
Cuando bajé sus maletas y ella se agachó delante de mí sin el menor pudor, supe que aquellos días bajo mi techo no iban a salir como yo los había imaginado.
Le dije que ya podía bañarse sola. Ella bajó la cabeza y susurró que aún tenía miedo. No imaginé hasta dónde llegaría esa ducha.
Cuando bajé descalza a la cocina a las tres de la mañana, mi hijo ya estaba allí sin camisa, mirándome como un hombre, no como un niño, y supe que esa noche cedería.
Cuando ellas llegaron al edificio, mi vida gris encontró un foco. Lo que no esperaba era que ese foco terminaría consumiéndome por completo.
Sofía tenía una fama que ninguno de los dos se había atrevido a comprobar. Ese martes en la playa fue diferente: llegaron a la casa al atardecer y entendieron todo.
Cuando me dijeron que era su propiedad, pensé que era una amenaza vacía. Pero cuando Celestina apareció con la fusta en la mano, entendí que no había vuelta atrás.
Cuando bajé al salón con las bragas que él me había mandado ponerme, encontré a los cuatro desnudos en el sofá y entendí que la venganza ya había empezado.
Lo escuché aparcar en la entrada y no me cubrí. Abrí las piernas en el sofá, moví la tanga a un lado y empecé a tocarme antes de que entrara.
Firmamos el papel sin leerlo. Tres días después mi mujer volvió del cobertizo con la marca de otro hombre quemada en la nalga y una calma que aún no entiendo.
Cuando volví del baño con su prenda guardada en el bolsillo, no imaginaba que ella me esperaría esa misma tarde con un trato que cambiaría todo.
Llevábamos un mes solos en casa cuando ella se ofreció a revisarme tras el golpe. Yo nunca imaginé que mi madre se arrodillaría entre mis piernas.
Esa noche en la urbanización todo cambió. Vi a mi madre con otros ojos, y ella nunca supo que yo había sido el primero en darme cuenta de que ya no era la misma.
Cuando me desperté con la cabeza en su hombro durante el vuelo, todavía no sabía que esa misma noche, en el hotel, mi propio hijo iba a cambiarlo todo.